El próximo 18 de noviembre será publicada la novela «World of Warcraft: Blood Ties«, escrita por Christie Golden y es la precuela oficial a la próxima expansión de World of Warcraft: Midnight
Arator el Redentor nació para el heroísmo. Hijo del Alto Exarca Turalyon y la legendaria Alleria Brisaveloz, Arator ha soportado durante mucho tiempo el peso y las expectativas de su legado… un legado que heredó de bebé, el día en que sus padres desaparecieron por el Portal Oscuro.
Ahora, tras los recientes acontecimientos en Khaz Algar, Arator emprende una nueva aventura para investigar rumores sobre un extraño resplandor que emana de las ruinas de una base de la Legión abandonada hace tiempo. Turalyon y Alleria se ofrecen como voluntarios para ayudar, deseosos de eliminar a su antiguo enemigo antes de que vuelva a amenazar su mundo. A medida que la familia profundiza en el misterio, Arator se esfuerza por reconciliar el legado heroico de sus padres con las personas imperfectas que ha llegado a conocer. Ve a sus dos padres en sí mismo: los altos estándares de su padre, el intelecto de su madre, su inquebrantable compromiso con la defensa de Azeroth. Pero Arator vive en la confluencia de sus mayores fortalezas y debilidades, debilidades que se revelan cuando la amenaza demoníaca resulta ser un antiguo teniente de la Legión Ardiente, decidido a usar Azeroth para lanzar una nueva campaña de destrucción.

Al respecto, contamos con una vista previa a uno de los capítulos de la novela, los cuales compartimos a ustedes traducidos al español, esperamos que lo disfruten y compartan con sus amigos!
PRÓLOGO
Ruinas del Bastión Alma Vil, Suramar
LAS ISLAS QUEBRADAS
— Estás dudando.
—No, no lo estoy —mintió Dionaar. Se estremeció por dentro al oír su propia voz temblar—. Solo pienso… que quizás estamos tentando demasiado a la suerte. Eso es todo.
El joven natonocturno alzó el cuello para mirar la estructura demoníaca. Estaba rota, una ruina creada por un enemigo derrotado hacía mucho tiempo. Dionaar sabía que no debía significar más que un recordatorio del pasado… un recordatorio, de hecho, de una gran victoria.
Pero las historias de lo que había ocurrido allí no se olvidaban con facilidad, y aquello lo inquietaba.
—¿Estás seguro de que nadie nos siguió? —Corentyn se irguió un poco más. Era más alto que Dionaar, delgado, casi huesudo. Tenía toda la temeridad propia de sus diecisiete años, una confianza que Dionaar solo podía soñar con poseer. El parpadeante resplandor anaranjado de las antorchas jugaba sobre sus facciones afiladas como cuchillos, proyectando una sombra danzante de su perfil.
Seguro y astuto, pero no muy sabio, pensó Dionaar. Dos semanas atrás, en un acto de rebeldía, Corentyn se había grabado un glifo de protección en el dorso de la mano, jactándose de ello ante todos los estudiantes que quisieran escucharlo. Si hubiese dedicado siquiera un poco de tiempo a estudiar, su fanfarronería habría sido útil. Pero no lo hizo, y por supuesto lo arruinó. Ahora el glifo, grabado en su propia piel, no significaba nada. Cuando sus padres lo descubrieron, se enfurecieron y le dijeron que tendría que llevarlo hasta que ganara lo suficiente para pagar el borrado del glifo.
Solo habla, pensó Dionaar, aunque el estómago se le encogió. Movió la cabeza con fuerza.
—No que yo haya visto, pero… podría pasar una patrulla. Eventualmente.
Corentyn se encogió de hombros con despreocupación.
—Podemos escondernos y esperar a que pasen.
—Si nos ven… —
Corentyn rió y le dio un golpecito en el pecho con un dedo.
—Te empujo delante de mí. Tú recibirías el golpe, ¿no?
Dionaar bajó la mirada y no respondió. No era justo, claro está; Corentyn siempre iba al frente presumiendo, y Dionaar era solo su ayudante, quien difundía las historias de todas las grandes hazañas de Corentyn o de los lugares abandonados que exploraban juntos. Incluso ahora se esperaba que él convenciera a los demás de que debían escabullirse para comprobar si el horror del que Corentyn les había hablado era real.
Corentyn le dio una palmada en el hombro.
—Vamos, anímate. Si tus padres te encierran, te sacaré yo mismo. Pero te necesito en tu mejor forma esta noche, porque tengo algo especial planeado.
Le dio una patada al gran saco que había traído. Su superficie irregular se movió ligeramente, aunque Dionaar no tenía idea de qué podría contener.
—¿Qué es eso?
—No puedo revelar el truco —repuso con un resoplido—. No te asustes tanto; al menos tú sabes que todo es falso.
Aunque Dionaar participaba en cada broma, a veces las ocurrencias de Corentyn aún lo asustaban.
—¿Estás seguro de todo esto? Vanaur y las chicas Mystralin vienen, y su tío forma parte de la Guardia Umbría. ¿Y si le cuentan-?
—No lo harán, o se meterán en problemas también —dijo Corentyn, poniendo los ojos en blanco—. No seas un bebé. Anda, avísales. Ah, y diles antes de venir que los brujos de antaño usaban magia vil para robar años de vida a sus propios hijos, ¡así podían ser lo bastante mayores para luchar!
—¿Qué? —Dionaar frunció el ceño—. Cor, te estás inventando eso. Y no, no voy a decirles eso.
• • •
—¿Hicieron qué? —susurró Renae, horrorizada.
Dionaar asintió con gravedad.
—Les drenaban la vida con magia vil para que envejecieran años en segundos.
—Yo quiero ser mayor —dijo Julyan.
—No así —replicó Vanaur.
Cada uno de los adolescentes llevaba una antorcha, excepto la más joven, que se aferraba con fuerza al brazo de su hermana.
—Ahora recuerden —dijo Dionaar—, debemos ser muy silenciosos. Nada de hablar, ni siquiera susurrar. Los demonios tienen un oído excelente.
Todos alzaron los rostros hacia él, con los ojos muy abiertos, y asintieron.
—Los llevaré hasta donde vi por última vez la magia vil, pero debemos tener cuidado de no atraer atención. Porque si nos encuentran…
—Nos comerán —susurró Renae.
—No —replicó Vanaur, rodando los ojos—. ¿No escuchaste? ¡Te drenan la vida y te vuelves viejo!
—Bueno, tal vez te coman después —añadió Dionaar—. Mejor no quedarse a averiguarlo, ¿cierto?
Asintieron con energía.
—Y una cosa más. No pueden contarle a nadie lo que vean aquí. Ni una palabra. Jamás.
—Pero… si en verdad hay un demonio en estas ruinas… —
—Yo… ya los he alertado —mintió Dionaar—. Esta es nuestra última oportunidad de verlo antes de que la Guardia Umbría se encargue.
Aceptaron en silencio, y Dionaar alzó su antorcha, internándose en la oscuridad.
El camino era corto y fácil, y Dionaar ya lo conocía bien. Señaló un charco de “sangre demoníaca” (agua mezclada con branquias luminosas de hongos), un “hueso de una víctima” (que Corentyn había guardado de una fiesta con carne de ciervo asado) y un “cuerno de demonio” (también del desafortunado ciervo). Las hermanas Mystralin estaban debidamente asustadas, pero Vanaur empezaba a aburrirse.
—Prometiste magia vil.
—Solo hay magia vil cuando han alimentado las máquinas con almas inocentes —respondió Dionaar.
Esa era la señal para Corentyn, pero nada ocurrió.
—Y si llegamos a ver eso, habremos permanecido demasiado tiempo —dijo Dionaar más alto—. Y no queremos ESO.
Nada.
¿Qué está pasando? Corentyn había hablado de una sorpresa, pero quizá el truco no funcionó. No sería la primera vez que una de sus bromas fallara. Aun así, ya debería haber encendido la lámpara con el vidrio verde, comenzar el humo…
—Lo sabía —dijo Vanaur—. Solo otra de tus estúpidas bromas, tú y Corentyn. De verdad no deberían…
Se interrumpió con un sonido ahogado, la boca abierta, mirando detrás de Dionaar, quien exhaló aliviado. Menos mal. El grupo estaba bañado por la familiar luz verde espectral del filtro. Pero había un olor…
A huevos podridos. ¡La magia vil debía oler a huevos podridos! ¡Esa era la sorpresa!
Fue entonces cuando el miedo golpeó a Dionaar con tanta fuerza que sus rodillas cedieron. Los otros gritaron, olvidando por completo su promesa de silencio, y huyeron por el camino de regreso; las llamas anaranjadas de sus antorchas se alejaron, balanceándose, hasta desaparecer devoradas por la oscuridad.
Dionaar había dejado caer su antorcha y no hizo intento de recogerla. Jadeaba, cubriéndose la cabeza con las manos y encogiéndose en una bola. Intentó respirar, pero el olor era insoportable. Y había otro aroma, mezclado con aquel hedor a azufre: el olor de algo muerto.
Entonces llegó el grito.
Venía de justo detrás de la roca, agudo y puro en su terror perfecto, un sonido que Dionaar nunca había escuchado salir de la garganta de Corentyn, pero que sin duda era suyo. Dionaar cerró los ojos con fuerza contra el resplandor verde, pero parecía atravesarle la piel misma. Le dolía la garganta, en carne viva, y se dio cuenta de que era porque él también gritaba, gritaba para ahogar el alarido de Cor, que estaba seguro de que moría allí atrás, muriendo.
Y entonces, silencio. Solo su respiración entrecortada y el golpeteo frenético de su corazón.
—¿Estás bien, Dio? ¡Parece que te asusté más que a ellos! —Era la voz de Corentyn. Sonaba… normal. Incluso emocionado.
El cuerpo de Dionaar temblaba, pero alzó lentamente la cabeza para ver a su amigo sonriéndole.
—Buena broma, ¿eh?
Las emociones lo invadieron: alivio, ira, confusión. Pero, sobre todo, alegría. Se levantó y lo abrazó con fuerza.
—Está bien —dijo Corentyn, devolviéndole el abrazo con torpeza—. Estoy bien, estoy bien.
Dionaar se apartó y luego le lanzó un puñetazo, maldiciéndolo, pero el muchacho esquivó y rió, defendiéndose con facilidad. Cuando la adrenalina de Dionaar se disipó, Corentyn explicó lo que había hecho: había guardado los huevos podridos y la carne durante un tiempo, y había practicado su chillido varias veces junto a la costa, donde el ruido de las olas lo disimulaba.
—Lo hice demasiado bien —dijo, encendiendo la antorcha de Dionaar con la suya—. Sospecho que las chicas Mystralin van directo con su tío de la Guardia Umbría para contarle que vieron magia vil aquí abajo. —Sonrió—. Se acabó la fiesta, pero al menos terminé con broche de oro… por así decirlo.
—Deberíamos decirle a nuestros padres lo mismo —propuso Dionaar—. Así no nos culparán.
—Buena idea. Vámonos. ¿Necesitas cambiarte los pantalones?
—¡Cállate!
Ahora que Corentyn había dado oficialmente por terminada la broma, Dionaar podía reírse de todo. Incluso si sus padres descubrieran que ellos eran los responsables, se sentía aliviado de que todo hubiera sido una tontería inofensiva.
Corentyn le puso una mano en el hombro y empezó a girarlo suavemente, pero Dionaar se quedó helado.
Una mano sobresalía detrás de la roca.
Una mano con un glifo mal trazado, medio cicatrizado.
Corentyn rió, siguiendo su mirada.
—Se ve bastante real, ¿eh? Iba a moverla como si intentara salir, pero esos niños corrieron antes de que pudiera usarla. Qué desperdicio.
—S-sí —murmuró Dionaar, mirando fijamente la mano—. Un desperdicio.
—Vamos —dijo Corentyn—, salgamos de aquí.
Ya hablaba de su próxima broma antes de llegar a la salida.
Pero cuando Dionaar miró hacia atrás, buscando en el resplandor verde y antinatural, juró haber visto la mano moverse.
CAPÍTULO UNO
Capilla Esperanza de la Luz, Tierras de la Peste del Este
Reinos del Este
¡Clang! ¡Clang! ¡Clang!
El sonido del martillo golpeando el acero era familiar en las afueras de la Capilla Esperanza de la Luz. Pero esta vez el Maestro Artesano Fijalontad —quien usualmente reparaba las armas y armaduras de los Caballeros de la Mano de Plata— no era quien producía tal ruido. El rudo enano descansaba recostado contra un montículo cubierto de hierba, mirando el cielo gris parduzco de las Tierras de la Peste del Este mientras entonaba una canción de herrería entre tragos de cerveza cebatruenos. Se detuvo lo suficiente como para lanzar una pregunta al campeón semielfo que se había ofrecido a ocupar su lugar.
— ¿Cuánto tiempo podrá ese bracito flacucho tuyo seguir así, muchacho? —preguntó Fijalontad con los ojos chispeantes y el bigote húmedo de espuma.
El “muchacho” en cuestión, Arator el Redentor, le sonrió mientras se secaba el sudor de la frente.
— Una vez más lamento no poseer la musculatura de los enanos —dijo con un suspiro exagerado. Fijalontad soltó una carcajada.
— Ah, bueno, no todos podemos tener tanta suerte.
El brazo de Arator ciertamente estaba a la altura de la tarea, pero el trabajo era caluroso, y ni su sangre humana ni su herencia élfica le otorgaban la resistencia natural de los enanos al calor de la forja. Se quitó la parte superior de la armadura y la dejó a un lado, revelando un par de tatuajes de dragones en sus musculosos brazos. Eran idénticos en estilo, ambos delineados en oro, pero llenos de distintos matices: uno brillante como la Dama Blanca —la luna— y el otro de un tono de carbón.
A su lado se encontraba un niño humano de unos diez años, Winthrop. Era el nuevo escudero del renombrado paladín, el Señor Grisillo Quiebrasombras, puesto que el propio Arator había ocupado cuando ingresó a la orden. Era tarea del chico reparar la armadura de su señor, pero ahora Arator se encargaba de ayudarlo, limpiando y enderezando las abolladuras del metal. Hoy era la primera visita del joven Winthrop a la Capilla Esperanza de la Luz, y estaba demasiado maravillado por la distinguida compañía que lo rodeaba como para haber avanzado mucho en remendar el gambesón de su señor.
— No puedo creer que te tomes la molestia de ayudarme —dijo Winthrop—. Quiero decir… ¡eres hijo del Alto Exarca Turalyon y de Lady Alleria Brisaveloz! ¡Tienen estatuas en el Valle de los Héroes, canciones sobre ellos! ¡Prácticamente naciste siendo famoso!
Arator había escuchado todo eso antes, y se había cansado hacía años. Aun así, no era culpa de Winthrop, y el muchacho lo decía con buena intención. Aunque Arator era mucho mayor que él, los años de un semielfo no transcurrían al mismo ritmo que los de los humanos. Era uno de los muchos desafíos heredados de su singular linaje. A pesar de toda su experiencia, Arator sentía en muchos aspectos más afinidad con el joven escudero que con su señor caballero.
— Como te dije, me gusta ser de ayuda —le respondió sonriendo.
Arator recordaba bien la cantidad de tareas que le habían asignado durante su tiempo como escudero de Grisillo. Aprender a reparar armaduras era importante, por supuesto, pero el joven Win parecía sepultado bajo un sinfín de tareas rutinarias. Para Arator no había labor tan pequeña que estuviera por debajo de él si con ella podía ayudar a alguien.
Winthrop entrecerró los ojos y miró hacia donde el Señor Grisillo conversaba con otro de sus antiguos escuderos.
— Espero que no se enoje con nosotros —murmuró.
Arator no podía culparlo por preocuparse. Alto, musculoso, con el ojo derecho perdido en batalla tiempo atrás, el Señor Grisillo podía parecer intimidante incluso sin armadura y en una charla informal. Como uno de los más destacados paladines de Ventormenta, había entrenado a muchos de su orden e incluso había llevado a Arator a los consejos de guerra más de una vez. Era difícil no verlo como una figura imponente, un enemigo con el que Arator no querría cruzarse en combate. Simplemente enfrentarlo en un entrenamiento ya era bastante difícil. Pero Grisillo había demostrado un compromiso inquebrantable con la orden y había servido a la Luz más tiempo que la mayoría.
— No te preocupes —lo tranquilizó Arator—. Sabrá que fue idea mía, no tuya, confía en mí.
— Tampoco quiero que te metas en problemas.
— No lo haré.
Winthrop suspiró.
— Todos dicen que tuve suerte de que me eligiera, pero… —bajó la mirada—. Es tan fuerte, tan seguro de sí mismo, y puede derribarme en segundos cuando entrenamos. He escuchado muchas historias… ¡es un héroe de verdad! Es más que un caballero, ¡es un Señor! Tengo que asegurarme de no decepcionarlo.
Mientras hablaba, Winthrop tomó el gambesón y volvió a remendarlo con renovado empeño.
La sonrisa de Arator se desvaneció ligeramente. Aunque era hijo de leyendas, él mismo no era más que un caballero de la Mano de Plata. Muchos considerarían eso un honor suficiente, pero la natural admiración de Winthrop solo reflejaba sus propios pensamientos. Había ganado su rango hacía tiempo, e incluso se le había concedido un título. A veces, la Luz inspiraba a un paladín para revelar el destino de otro. Su propio padre había sido quien nombró al célebre Uther como “el Iluminado”. A él lo habían llamado “el Redentor”. Pero aún no comprendía a quién o qué debía redimir. Hasta que ese momento llegara, parecía que la orden se conformaba con dejarlo perseguir reconocimientos que nunca terminaban de llegar.
Trataba de no dejar que eso lo afectara, pero otros más jóvenes que él, aún jadeantes y ensangrentados, recibían ascensos en el campo de batalla. Sus compañeros, exhaustos pero eufóricos por la victoria, los vitoreaban con voces roncas. Siempre que esos pensamientos lo asaltaban, Arator se reprendía, como hacía ahora, por sentirse envidioso… o tal vez, por tener demasiada imaginación. Se había unido a los Caballeros de la Mano de Plata para ofrecer su fuerza a una causa noble, y aunque el reconocimiento era agradable, no lo necesitaba para continuar su camino.
Arator había luchado con valor en varias guerras, pero sus esfuerzos no habían sido suficientes para atraer demasiada atención. Al menos, pensó con ironía, no del tipo positivo. La orden parecía tener un sinfín de reglas, y Arator había doblado —si no roto— la mayoría. Se había implicado demasiado con los lugareños en ciertas misiones, dudado en otras, y obtenido información de fuentes cuestionables en alguna ocasión. Sus métodos siempre eran tema de discusión entre los suyos, aunque nadie cuestionaba sus resultados. Algunos le advirtieron, de forma directa o velada, que su desprecio por el protocolo y las normas acabaría por dañar su posición dentro de la orden. Pero Arator descartaba esa idea. Para él, era sencillo: si no podía cambiar el mundo y mejorar la vida de la gente común, ¿qué propósito quedaba para un Caballero de la Mano de Plata?
En verdad, había algo más que simple buena voluntad en su decisión de ayudar al joven Winthrop. Había sido convocado a la Capilla Esperanza de la Luz por el Señor Maxwell Neófitus, uno de los líderes principales de la orden. Arator sabía que el señor Neófitus era un hombre extremadamente ocupado, y aunque no le sorprendía tener que esperar una audiencia, necesitaba algo que lo distrajera. Sabía perfectamente por qué lo habían llamado, aunque ignoraba cuál sería el resultado de la conversación.
De pronto, Winthrop se puso de pie, dejando caer el gambesón.
— ¡Señor Neófitus! —exclamó con una voz que subió medio tono, llena de emoción y entusiasmo.
Pero Arator sintió solo una punzada de decepción al ver la expresión en el rostro curtido del caballero: una señal ominosa del tono que tendría su encuentro. Controló su semblante para que el Señor Neófitus no advirtiera cuánto lo había afectado. Se levantó y colocó la armadura del Señor Grisillo junto a Winthrop, que aún miraba al recién llegado con los ojos muy abiertos.
El Señor Neófitus examinó el progreso del chico.
— ¡Buen trabajo, joven! Pero será mejor que apures el paso, ¿eh?
Winthrop asintió con fuerza, incapaz de pronunciar palabra.
A Arator le dijo simplemente:
— Ven. Rindamos nuestros respetos juntos.
Caminaron al unísono hacia el Santuario de la Luz, envueltos por el aroma de la piedra y su frescura a medida que descendían. Ese había sido el cuartel general de los Caballeros de la Mano de Plata desde la invasión de la Legión Ardiente, y Arator lo conocía bien. Había acudido allí muchas veces por asuntos de la orden, pero también para simplemente estar cerca de la Luz, inspirarse al ver a otros perfeccionar sus habilidades y rendir homenaje a quienes habían venido antes.
Se detuvieron ante la tumba del legendario Tirion Vadín. Tirion había sido uno de los cinco paladines originales, los primeros en la historia de Azeroth. El arzobispo Alonsus Faol había llamado a esos cinco para liderar la orden mucho tiempo atrás. La visión de Faol era unir la compasión de la Luz con el poder del martillo: caballeros que fuesen tanto sacerdotes como guerreros. Pero, donde la Luz tendía hacia el orden y la rigidez, Tirion entendía que también debía ser flexible y bondadosa. Veía el alcance de la Luz en todos los que conocía, sentía empatía incluso por sus antiguos enemigos, y aun así nunca temía alzar su martillo o su espada cuando veía una injusticia… incluso si eso significaba enfrentarse a otros paladines. Incluso si eso significaba el exilio de su hogar y de esta misma orden.
Había sido el mayor honor en la vida de Arator luchar junto a Tirion en la Costa Quebrada, una lucha sombría y amarga que trajo pérdidas catastróficas para los suyos, incluido el propio Tirion. El caballero había muerto como había vivido: sirviendo a la gente de Azeroth hasta su último aliento. Ese era el tipo de legado que Arator aspiraba dejar. No una lista de victorias obtenidas por seguir al pie de la letra cada convención arcaica, sino un tapiz de servicio a su mundo, donde cada hilo fuera una acción, una palabra, un pensamiento.
—El heroísmo nunca ha sido algo común —dijo en voz baja el Señor Tyrosus, como si diera voz a los pensamientos de Arator—, y sin embargo, nunca ha desaparecido del todo. Aunque pase inadvertido para la historia, habita en el corazón de la gente buena. Algunos se preparan para la guerra; otros son personas corrientes que lo descubren en su alma y se alzan cuando se les pide ser héroes. Vadín nos enseñó que los actos heroicos no se limitan al campo de batalla. También se encuentran en quien se aferra firmemente a su fe y a sus ideales, incluso si eso le cuesta todo.
—Conozco todas las historias de Tirion —dijo Arator—. Siempre luchó por la paz. Me alegra que haya vivido lo suficiente para ver a la Horda y la Alianza trabajar juntos, aunque solo fuera por un breve tiempo, antes del final.
El Señor Tyrosus asintió.
—Lanzarse a la batalla requiere menos valor que soportar tantas pérdidas por hacer lo correcto. Es nuestra cualidad más admirable… y la más rara. Compasión, un verdadero sentido de la justicia, valentía… todas esas cosas hacen a un paladín. Pero el heroísmo trasciende incluso eso.
El corazón de Arator se hundió. Aquello empezaba a sonar como el preludio de malas noticias. Se volvió, evitando mirar al superior, el rostro cuidadosamente neutral, las manos cruzadas a la espalda. Parte de él —probablemente la sangre de su madre— ansiaba interrumpir y acabar con la conversación, pero se contuvo.
Su superior continuó:
—En los últimos años, paladines y campeones han respondido a las exigencias de su orden, y muchos han realizado actos extraordinarios. Y, aun así, pocos han ganado el derecho a recibir honores más allá de la caballería.
Con una informalidad poco habitual, Tyrosus le puso una mano en el hombro, girándolo para mirarlo de frente.
—Te hemos observado durante algún tiempo, Arator. ¿Cómo no hacerlo, dada tu ascendencia? Nos resultas constantemente admirable, tanto en las artes del combate como en los aspectos más gentiles que un paladín debe encarnar. Como cuando te tomaste el tiempo para ayudar al joven Winthrop hoy. Pero aún no te hemos visto alcanzar verdaderas cimas heroicas. Por lo tanto, no te consideraremos para el título de Señor.
Arator asintió.
—Lo entiendo, Señor Tyrosus. Seguiré esforzándome por mejorar, para servir con mayor eficacia a aquellos que he jurado proteger.
Tyrosus apretó brevemente su hombro.
—No lo dudo ni un instante. Espero estar presente cuando se nos revele la verdad de tu título. Sé que lograrás asombrarnos a todos.
Arator sintió la calidez sincera de esas palabras… hasta que Tyrosus añadió:
—Después de todo, con la sangre del Alto Exarca Turalyon y de la legendaria Alleria Brisaveloz corriendo por tus venas, prácticamente naciste para el heroísmo.
Ahí estaba. La piedra que inevitablemente caía en cada conversación con otro de su orden. La comparación de la que jamás podía escapar. Pronunció su respuesta aprendida de memoria:
—Mi señor, gracias. Es una gran convocatoria, en verdad. Un honor y una responsabilidad por igual.
El hombre mayor pareció complacido con ello.
—Puedes retirarte, si deseas reunirte con tu joven admirador afuera.
—Creo que la armadura del Señor Grisillo tiene, merecidamente, toda la atención de Winthrop —respondió Arator con diplomacia. Tyrosus rió.
—Preferiría quedarme un rato aquí, si no le importa, para meditar sobre lo que hablamos.
—Por supuesto. Es mucho en lo que pensar, y no hay mejor lugar para reflexionar que este.
Aratorse mantuvo en silencio, hasta que ya no oyó el sonido de las botas alejándose, y luego volvió la vista hacia otra figura tallada en piedra: el Alto Exarca Turalyon.
Porque el padre de Arator, como Tirion, había sido uno de los cinco paladines originales.
Prácticamente naciste para el heroísmo, había dicho Tyrosus con total convicción.
¿De verdad?, se preguntó Arator. ¿De verdad lo estaba?
Desde que tuvo edad para entender el concepto, siempre lo habían presentado y mencionado como “el hijo de Turalyon y Alleria”. Nunca había pedido —ni aceptado— nada que oliera a favoritismo por su linaje, pero aquella pareja legendaria era tan universalmente conocida que resultaba imposible ocultar su identidad entre sus compañeros. El rechazo del Señor Tyrosus dolía en parte porque, aunque Arator se esforzaba más que la mayoría por demostrar su valía y habilidad, sus logros siempre eran medidos —o eclipsados— por los de sus célebres padres.
Alleria y Turalyon habían vivido una era extraordinaria. La vida de Arator también había estado llena de peligros: demonios, no-muertos, el desgarramiento mismo de Azeroth. Muchos se habían levantado para librar esas batallas, tanto de la Horda como de la Alianza, luchando con destreza, entrega y pasión. Pero los actos que antaño hubieran sido notables ya no lo eran tanto, y aunque Arator se alegraba de la excelencia de sus compañeros en el campo de batalla, no podía evitar pensar en las hazañas de sus padres, no solo en Azeroth, sino en otros mundos, realizadas con tanta constancia y éxito durante tanto tiempo.
Arator había llegado a comprender que, aunque era mezcla de humanidad y estirpe élfica, en lugar de pertenecer a ambos mundos, cada vez sentía que no pertenecía a ninguno. El rechazo de ese día también le hizo enfrentar otras verdades, otras luchas. Había alcanzado la adultez —su propia identidad— mucho antes del regreso de sus padres. En muchos sentidos, aún estaba aprendiendo a conocerlos, incluso cuando su vida había sido moldeada de manera indeleble por su legado, por la idea misma de ellos. Arator no deseaba nada más que estar con ellos y aprender de ellos tras tanto tiempo separados… pero también anhelaba diferenciarse, contribuir con sus propios méritos y no ser juzgado bajo su sombra.
No sabía cuánto tiempo permaneció arrodillado, reflexionando a la sombra de la estatua de su padre, pero cuando se levantó, tenía las piernas rígidas y el corazón, quizá, aún más pesado que antes.
Salió, parpadeando, hacia la luz del día.
—Justo a tiempo —dijo una voz amistosa y familiar—. Solo he estado esperando unos minutos.
—¡Liadrin! —exclamó Arator, la sorpresa disipando por un momento su nube de abatimiento—. ¿Qué haces aquí?
—Traigo una entrega especial —respondió ella, señalando el pequeño paquete envuelto en tela que llevaba.
Lady Liadrin lideraba a los paladines sin’dorei, una orden llamada los Caballeros de Sangre. Había sido la primera de su orden: una antigua sacerdotisa que tomó las armas para luchar por su pueblo. Aunque Liadrin y su padre fueran distintos, Turalyon había hecho lo mismo.
Tras la pérdida de sus padres más allá del Portal Oscuro, Arator había sido criado por su tía Vereesa y los muchos amigos que habían amado a su familia. Mientras su tía Sylvanas estaba ocupada con sus deberes como general forestal, su segundo al mando, Lor’themar Theron, había tomado a Arator bajo su protección.
Después de que la Plaga devastara Quel’Thalas, fueron Lor’themar y Liadrin quienes encabezaron la recuperación del reino, pero nunca olvidaron a Arator. Desde su juventud, Lor’themar lo había entrenado en los saberes de los Forestales, y Liadrin se había convertido en una confidente cercana, alguien con quien era fácil hablar, que guardaba su amistad y sus secretos con celo, ofreciendo palabras de bondad y verdad cuando más las necesitaba. Arator le había tenido siempre un profundo afecto y gratitud.
—Eres un sujeto difícil de alcanzar —continuó ella. Frunció el ceño al ver su expresión—. No me digas que te han reprendido.
—No —respondió él rápidamente—. No es nada.
—Ya veo —dijo Liadrin, con un tono que implicaba que sabía perfectamente que no era “nada”—. Quizá esto mejore tu ánimo. —Le tendió el paquete y desató el lazo que cerraba la tela. Arator reconoció el contenido al instante: miel de Breeze blossom Apiary.
Recibió el frasco y lo guardó en su bolsa.
—Gracias.
—Ni siquiera has preguntado cuál de las gemelas te lo envió. —Ante el encogimiento de hombros de Arator, Liadrin suspiró—. Vamos, también traje una botella de vino Toquesol.
Liadrin y Arator se sentaron sobre la hierba amarillenta y seca de una colina, a poca distancia de la Capilla Esperanza de la Luz. Su mirada permanecía fija en la capilla mientras daba un trago poco elegante del excelente vino.
Luego, con voz baja y apagada, le contó a la líder de los Caballeros de Sangre lo que el Señor Tyrosus le había dicho.
Liadrin hizo una mueca de empatía y extendió la mano para tomar la botella.
—Entiendo su punto —continuó Arator—. Pero me sentí… frustrado. Decepcionado.
—¿Desanimado?
—También eso, sí.
Liadrin dio un trago y le devolvió la botella.
—¿Y ahora?
Una sonrisa sin rastro de humor torció los labios de Arator.
—Frustrado, decepcionado y desanimado.
Ella rió suavemente.
—¿Te sorprendería saber que estoy muy familiarizada con todas esas emociones?
Y sí, lo sorprendía. Liadrin siempre le había parecido segura, indomable. Lideraba a los Caballeros de Sangre con pasión, inspirándolos mediante su propio ejemplo de excelencia y valentía, una comandante tan brillante como la Luz que empuñaba. Sus siguientes palabras lo desconcertaron aún más.
—Sabes bien que mi camino hacia la caballería fue un sendero lleno de giros. Viéndolo ahora, agradezco los falsos comienzos, los callejones sin salida, los errores. Sin cada uno de ellos, no habría desarrollado las fortalezas que me trajeron hasta aquí. Estás en tu propio viaje, Arator. Es tan único como tú.
—¿Sin atajos para alcanzar el éxito?
—Me temo que no. Debes recorrerlo paso a paso. Y podría llevarte a lugares a los que no deseas ir.
—Para ser sacerdotisa, no eres muy buena animando a la gente.
—Abandoné ese oficio hace mucho. Solo te digo que este no es el momento de imaginar lo que podría escribirse en la placa al pie de tu estatua.
Pensó en lo que había estado haciendo antes de que Liadrin llegara y tuvo que reír.
—Bueno, me vino a la mente algo como “El gran fracaso de dos grandes pueblos”. —Alzó la botella, pero el brazo de Liadrin lo detuvo.
—Arator —dijo en voz baja—, mírame. —Él lo hizo a regañadientes. Su mirada era firme, pero amable—. Te he conocido muchos años. Te he visto convertirte en alguien fuerte, bondadoso y sincero. La negativa del Señor Tyrosus no es el final. Con el tiempo, serás reconocido como excepcional. O…
Liadrin vaciló, reconsiderando las palabras que estaba a punto de pronunciar.
—¿O…?
Guardó silencio un momento más, luego eligió con cuidado sus palabras.
—Ayer me reuní con el regente y con la primera arcanista —dijo—. Thalyssra ha recibido informes sobre posible actividad demoníaca cerca de las ruinas del Bastión Alma Vil.
Arator arqueó una ceja. Había oído que, durante la más reciente batalla de Azeroth contra la Legión Ardiente, el demonio Azoran había establecido allí su base. El lugar albergaba un motor de almas, una máquina vil diseñada para cosechar almas y convertirlas en magia vil.
Azoran había planeado usar el motor para alimentar su nave de mando, con la que atacaría a los ejércitos de Azeroth. Azoran fue asesinado, y el ataque, por fortuna, frustrado.
—Pensé que los nocheterna habían dirigido incursiones para asegurarse de que todos los motores de almas de la Legión quedaran desactivados.
—Así fue. Y lo estaban. O eso creían —respondió Liadrin—. Pero los habitantes locales afirman haber visto un resplandor vil proveniente de la zona.
—Eso es alarmante.
—En efecto. Thalyssra solicitó un pequeño equipo de Caballeros de Sangre para hacer un reconocimiento y enviarle un informe. Pero creo que eres más que capaz de manejarlo tú solo.
—¿Solo… explorar e informar? Winthrop podría hacerlo. Bueno —rectificó—, casi.
—Arator —dijo Liadrin, incorporándose y mirándolo directamente a los ojos—, piénsalo un momento. Si vas a la Ciudad de Suramar y te presentas voluntario, tendrás un rol activo. Ya no estarás esperando a que la Mano de Plata te asigne una tarea. Y además… te pondrá frente a la Primera Arcanista de Suramar y, muy probablemente, ante el Regente Lord de Quel’Thalas. Ellos piensan de un modo muy distinto al de la Mano de Plata sobre lo que es importante. No puedo prometerte nada, claro está, pero si haces un buen trabajo para ellos, puede que se sientan inclinados a escribir al orden sobre ti en términos favorables. Puede que la Mano de Plata te esté dando por sentado, y no estaría de más que otros líderes les recordaran la suerte que tienen de contar contigo.
—Te agradezco tus palabras —dijo Arator, conmovido.
—No las diría si no las creyera.
Él lo sabía.
—¿De verdad crees que lo hará?
Liadrin extendió la mano por la botella y tomó un último trago.
—Bueno —dijo—, solo hay una forma de averiguarlo.
CAPÍTULO DOS
La Fortaleza Nocturna, Ciudad de Suramar
LAS ISLAS QUEBRADAS
Desde la infancia, Alleria Brisaveloz había anhelado abrirse su propio camino en el mundo. No pasó mucho tiempo antes de que comprendiera que ese anhelo abriría la puerta a una vida colmada de imprevistos, y esta noche no sería la excepción.
Durante la mayor parte de su vida, la tierra de Suramar había sido material de leyendas. Su enigmática barrera mágica la había aislado por más de diez mil años y—como el mundo supo cuando levantaron dicho aislamiento durante la última invasión de la Legión—sus habitantes habían cambiado con el paso de los milenios, hasta convertirse en los natonocturnos. Tan solo poner un pie en Suramar había estado más allá de lo que Alleria podía imaginar con realismo, y ni hablar de forjar una amistad con la líder actual de los natonocturnos, su primera arcanista. Y, sin embargo, ahí estaba Alleria, cenando con Thalyssra y su esposo. El hecho de que ese esposo no fuera otro que el señor regente Lor’themar Theron era otra cosa que jamás habría imaginado.
Lor’themar había sido en otro tiempo uno de los amigos más queridos de Alleria, y ciertamente el más antiguo. Recordaba muchas mañanas bañadas por el sol en su hogar de la Aguja Brisaveloz, donde Lor’themar inevitablemente aparecía para informar a su madre—la general forestal—sobre algún asunto de los Forestales. Siempre requerido por su madre y, más tarde, nombrado segundo al mando de su hermana, Lor’themar conocía bien las presiones que Alleria sufría como renuente sucesora al cargo de general forestal.
Pero Alleria había dejado Quel’Thalas, llamada por su propia misión. Tras pasar mil años combatiendo demonios en el Vacío Abisal y enterarse de todas las pruebas, cambios y convulsiones que habían remodelado Azeroth en su ausencia, le reconfortó saber que, al menos, Lor’themar Theron seguía allí. Que había guiado con mano firme el entrenamiento de su hijo, ayudado a recuperar Quel’Thalas de la Plaga y ahora gobernaba a su pueblo: todo ello fue para Alleria una noticia muy grata.
Y luego, como con tantos aspectos de su vida, el Vacío lo cambió todo. Durante una visita al Pozo del Sol —centro del poder de la Luz Sagrada y de la magia arcana de su pueblo— la mera presencia de Alleria convocó criaturas del Vacío. La catástrofe se evitó por muy poco, pero su error tuvo un alto costo: el exilio de su hogar y el distanciamiento de los suyos, incluido Lor’themar.
Años después llegó una invitación… a la boda del señor regente y la primera arcanista. Era un paso para recomponer un puente, y aunque Alleria pasaba más tiempo sola que nunca, una parte de ella aún deseaba la amistad de Lor’themar. Él había atestiguado tanto que pocos a su alrededor podían comprender. Aunque a Alleria le decepcionó lo ocurrido en las profundidades —que Xal’atath volviera a escapar— su breve triunfo sobre el Corazón Oscuro seguía confirmando para muchos que Alleria dominaba el control del Vacío. Y, aunque aún no se le permitía volver a Lunargenta, Thalyssra había tenido la amabilidad de invitar a cenar a Alleria y a su esposo.
Su esposo… También algo en lo que el Vacío se había entrometido. Ella y Turalyon nunca se habían casado formalmente. Habían superado mucho en sus milenios juntos, pero el dominio de los poderes de Alleria, plantar cara a las amenazas del Vacío aún sueltas en su mundo… esas cuestiones siempre irían primero, incluso antes que él.
Turalyon lo sabía, pero ella seguía sintiendo su dolor cada vez que se apartaba. Se preguntaba cuánto tiempo podrían continuar así; cuánto tiempo soportaría ella volverse cada vez más distante del hombre al que una vez amó con toda la pasión que la impulsaba en la batalla y en la vida.
En verdad, Alleria había librado una guerra interna respecto de esta misma cena. Reparar ese puente con Lor’themar tenía el precio de una comida incómoda y formal, el tipo de cosas que siempre había detestado. El hecho de que ella y Turalyon necesitaran hablar de algo más que de las batallas recientes —reír, cruzar miradas afectuosas, fingir que su relación era clara y sencilla— no hacía sino aumentar su tensión. Pero llegó el momento en que comprendió que había pospuesto demasiado la invitación y corría el riesgo de que se retirara. Así que allí estaban.
Alleria volvió su atención al presente, como invitada de honor de una cena íntima de Thalyssra y Lor’themar. La comida se servía al aire libre, en uno de los patios abiertos y elegantes, en una mesa baja donde los comensales se reclinaban sobre cojines en lugar de sentarse en sillas. Siendo solo ella y Turalyon los invitados, los dos poderosos líderes se mostraban bastante distintos de lo que su gente solía ver. La pareja se había despojado de su armadura, en sentido literal y figurado, al menos en su trato mutuo. Aunque Lor’themar saludó amablemente a los invitados, Alleria, que lo conocía tan bien, aún percibía sus reservas. La bienvenida de Thalyssra, en cambio, era tan cálida y genuina que incluso puso a gusto a Turalyon —quien podía ser rígido en las mejores circunstancias.
—Aún me asombra su disposición a recibir como invitados a miembros de la Alianza —dijo Turalyon, tomando un sorbo de arcavino.
—Creo que el armisticio se beneficia cuando Horda y Alianza se sientan juntos con regularidad por algo distinto a estrategias —respondió Thalyssra—. Es parte de lo que nos inspiró a invitar a ambas facciones a nuestra boda. Aunque siempre parece haber algún tipo de distracción en las bodas.
—Muy cierto — Lor’themar asintió—. En ese sentido, tuvimos más suerte que Thrall y Aggra. Al menos nuestro alborotador solo intercambió palabras duras con Wrathion.
—Perdieron el pastel —señaló Alleria, impasible—. Eso fue una tragedia.
—Pudo haberlo sido, de no haber preparado más que suficiente. —Turalyon se mostró un poco apenado—. Confieso… repetí.
—Mi esposo repitió tres veces —bromeó Thalyssra, fingiendo regañar a Lor’themar.
—Eran porciones pequeñas —protestó él, siguiéndole el juego.
Alleria sonrió un poco. Esos dos florecían juntos, como si cada uno amplificara lo mejor del otro sin quitar nada. La agudeza de Lor’themar era menos mordaz de lo que Alleria recordaba de su crianza en Lunargenta, y, en ese entorno informal, el intelecto feroz y la curiosidad sin límites de Thalyssra aseguraban que la conversación nunca se agotara.
El calor de su amor y respeto genuinos, junto con la potencia del arcavino, engañosamente fácil de beber, aflojó la lengua de Alleria. Se sorprendió diciendo:
—Han vuelto de su luna de miel hace tiempo, pero no parece haber terminado. ¿Cómo lo logran?
—Portales —bromeó Lor’themar; luego, más serio—: y prioridades.
—¡Y poesía! —le recordó Thalyssra—. Aunque debo decir que, antes de conocernos, estábamos más casados con nuestros deberes. Fue… un problema que persistió incluso después de intercambiar votos.
Lor’themar le tomó la mano en silencio mientras ella hablaba.
Ella entrelazó sus dedos con los de él y continuó:
—Éramos tan de una sola idea que perdimos de vista la razón misma por la que existían esos deberes: para que nuestro pueblo viviera próspero y en paz. Los sin’dorei y los shal’dorei no solo necesitan protección y sustento físico. Merecen tiempo con sus seres queridos, en pasatiempos gozosos. Todo aquello que nutre un alma.
Un recuerdo emergió en la mente de Alleria, vívido y dulce: tantas horas sencillas con sus hermanas mientras su amado hermanito tocaba el laúd y les cantaba. Qué profundo vivía la familia esos momentos de paz, juntos en su lugar preferido. Era imposible habitar allí para siempre, claro, pero era una escena a la que Alleria volvía a menudo en su mente. Lor’themar la observaba con atención ahora, su expresión cauta suavizándose al notar los indicios de dolor que, sin duda, cruzaron el rostro de ella. Cuando habló, fue como si su viejo amigo le hubiera leído el pensamiento.
—Nosotros sacrificamos, para que ellos no tuvieran que hacerlo. Para que permanecieran lo más a salvo posible del dolor y la pérdida. Renunciamos a la amistad duradera, a la paz mental, al amor, todo en nombre del deber… —Suspiró—. Uno olvida la energía que tales cosas proveen. El amor se vuelve rancio, y el hogar no es más que una estructura, en vez de un refugio.
Alleria mantuvo el semblante neutro para que el demasiado perspicaz señor regente no viera cuán hondo la herían esas palabras inocentes.
Ella y Turalyon habían saltado de batalla en batalla: compañeros en el amor, sí, pero quizá aún más en el combate. La guerra y la violencia los unieron, los ataron mientras derramaban sangre suficiente para llenar un océano. Los demonios no descansaban, y ellos tampoco. Apenas había tiempo para comer o dormir, y menos aún para la ternura o el simple acto de recostarse sobre hierba verde y mirar un cielo azul.
¿O sí lo hubo? Los dos líderes frente a ella también habían afrontado hechos terribles y trágicos. Su gente había sufrido mucho. Pero ellos se hicieron el tiempo. O… lo tallaron con la misma determinación con la que luchaban y cuidaban de los suyos. Alleria pensó, sombría, que aunque los cuatro sentados allí aquella noche habían hecho la guerra por su pueblo, solo sus anfitriones la habían librado también por sí mismos—contra todas esas cosas, pequeñas y grandes, que se apilan y llenan una vida.
— Qué arrogancia la nuestra —dijo Thalyssra, interrumpiendo las cavilaciones de Alleria—, dándoles consejos a ustedes dos. ¡Han estado casados mil años! ¡Deberíamos preguntarles a ustedes!
Alleria se paralizó. No solo no estaban casados; cayó en cuenta de que… no tenía sabiduría que ofrecer. ¿Para qué dedicar tiempo a canciones, poesía o mirar estrellas cuando demonios abrasaban la Gran Oscuridad del Más Allá, buscando tu mundo, a tu hijo? ¿Para qué pasar unas horas en tranquila conversación cuando una podía aprovecharlas para dormir, forjar o alimentarse?
Incluso ahora, en tiempos de relativa paz, ella y Turalyon llenaban sus días de asuntos marciales, no maritales. Lo habían hablado, claro, de tanto en tanto, en los instantes en que lograban tomar aire. Cuando regresemos. Cuando termine la guerra. Cuando todo se calme. Siempre había algo más importante que una boda. Ahora se movían en esferas separadas, encontrándose con poca frecuencia; el tiempo para la intimidad, menos aún. ¿Estaba él contento con solo eso?
¿Lo estaba ella?
—Oh, creo que lo hacen bastante bien —dijo Alleria con ligereza.
—En efecto —asintió Turalyon—. Pero no creo que nos invitaran solo para disfrutar buena comida, vino y conversación.
—Ya lo intentamos antes —bromeó Thalyssra—. La única forma de que aceptaran esta noche fue prometiendo hablar de…
—Actividad vil —dijo una voz.
El corazón de Alleria se aceleró al oírla y no intentó ocultar su alegría. Se levantó de inmediato de los cómodos cojines púrpura para abrazar a su hijo. Turalyon no tardó en seguirla, con la mano en el hombro de Arator. Alleria se volvió hacia sus anfitriones con la primera sonrisa genuina de la noche.
—No podrían haber pensado en una sorpresa mejor —les agradeció.
La pareja se miró.
—Me temo que no podemos atribuirnos el mérito —dijo Thalyssra.
—¡Arator! —exclamó Lor’themar—. Tu presencia es una grata sorpresa para todos.
—¡Sí, acompáñanos! —invitó su esposa—. Apenas vamos en el primer plato. ¡Qué hermoso tener a la familia reunida para la cena!
Arator hizo una reverencia.
—Primera arcanista, señor regente, disculpen la interrupción. Me temo que vengo por asuntos de trabajo. Hablé con Lady Liadrin esta tarde y me informó que sus Caballeros de Sangre recibieron una misión. Me ofrezco humildemente para asumirla en su lugar, si les place.
Ante esto, Lor’themar y Thalyssra rieron, negando con la cabeza.
—De verdad estás cortado con la misma tela que tus padres —dijo Thalyssra—. Estábamos a punto de hablar con ellos justamente de esos informes. Por favor, toma asiento y pondremos al tanto a… bueno, a todos.
Alleria escuchó a medias mientras Thalyssra exponía los avistamientos. La primera arcanista parecía encantada de ceder la tarea a Arator y no a los Caballeros de Sangre, considerando atinada la idea de Liadrin. Aunque las órdenes fueran de su esposa, Lor’themar se veía visiblemente complacido de que Arator mostrara interés en ayudar a Suramar.
Parecía algo simple: una misión rutinaria de reconocimiento para investigar los rumores. No requería, por ahora, el tiempo y la atención de varios Caballeros de Sangre, pues Arator podía realizarla con facilidad por sí mismo.
Y, aun así… el arreglo inquietó a su madre. Alleria había conquistado los susurros del Vacío en su mente; sus miedos y manipulaciones veladas rara vez la perturbaban ya. Pero había pasado un milenio en el Vacío Abisal, a veces cazada por demonios decididos a herirla a ella, a su amante o incluso a su hijo. El Vacío podía conjurar infinitos finales terribles que Arator podría encontrar en esa misión, pero había otra ansiedad oprimiéndole el corazón, roedora, avivada por la conversación reciente y la aparición inesperada de su hijo.
La mayoría de los padres hacen sacrificios por sus hijos con la esperanza de asegurarles una vida mejor. Ciertamente ella y Turalyon lo habían hecho, sacrificando no solo el cuerpo, sino el corazón, el espíritu y los ideales. Esperanzas. Inocencia. Cosas arrancadas o deliberadamente dejadas de lado en pos del deber.
Sacrificaron todo eso para que su hijo no tuviera que hacerlo.
Pero la decisión de Arator de convertirse en paladín lo había puesto en ese camino pese a sus esfuerzos.
Quizá ese sendero pueda alterarse, pensó Alleria. Lor’themar, Thalyssra… ellos han encontrado la manera de cumplir con sus deberes y, aun así, hacerse un espacio para que florezcan la alegría y el amor.
—Dado que no hemos visto ni oído nada de esta naturaleza en años, deberíamos tratar estos avistamientos con cautela —se oyó decir a Alleria.
Turalyon no respondió. Estaba escrutando a Arator, buscando en los ojos de su hijo como si allí estuviera la respuesta a algo.
Alleria no podía abrir su corazón frente a Thalyssra y Lor’themar, así que se puso en pie, manteniendo la voz baja y serena pese al torbellino de emociones en su interior.
—¿Turalyon, unas palabras?
Él la acompañó mientras se apartaba un poco. Alleria habló rápido, antes de que él pudiera decir nada.
—No tenemos más que unos pocos informes en que basarnos; podría estar caminando directo a una trampa. Nuestro hijo podrá haber combatido demonios, pero no los conoce. No como los conocemos nosotros. Nadie en este mundo ni en ningún otro los conoce así.
Turalyon pareció pensativo.
—Arator es un hombre hecho y derecho. No un niño. Pero…
Alleria recorrió con la mirada a su amor, de arriba abajo. Algo no encajaba.
—¿Qué sabes que yo no sepa?
—Arator lleva años esforzándose por ascender dentro de la orden. Se reunió con el Señor Tyrosus hoy temprano. No lo sé con certeza, pero no creo que haya ido bien.
Alleria volvió la vista hacia Arator. Conversaba con soltura con sus anfitriones, pero ahora ella alcanzaba a ver parte de la decepción en su lenguaje corporal. Alleria pensó en su propia lucha por demostrarse a sí misma cuando era más joven que su hijo ahora, en hallar su propio camino frente a la férrea voluntad de su madre.
—Nuestro hijo es un buen espadachín y fuerte en la Luz —prosiguió Turalyon—. Y es una buena persona, bondadosa. Creo que lo único que se interpone en su camino es su disposición a doblar las reglas y saltarse el protocolo. Lo cual, por cierto, hizo hace unos momentos al hablar con Lady Liadrin y luego dirigirse directamente a Thalyssra.
Alleria se irguió con un leve gesto de incomodidad.
—Si hubiera obedecido el protocolo, nunca nos habríamos conocido.
—Oh, nos habríamos conocido —dijo Turalyon, con la seguridad pétrea que siempre mostraba al hablar de su vínculo. Por un momento, ella permitió que aquello la reconfortara.
—Arator eligió unirse a la Mano de Plata sabiendo que habría métodos establecidos y respetados que tendría que seguir —dijo Turalyon—. Me gustaría observarlo en una misión. Ver cómo toma decisiones, qué acciones emprende. Quizá orientarlo un poco.
—Puede que no quiera sentirse analizado por su padre —replicó Alleria.
—Puede que tampoco quiera sentirse sobreprotegido por su madre —señaló Turalyon.
Alleria suspiró y posó una mano en su brazo.
—Puede que no quiera a sus padres —dijo—, pero… necesita aliados.
Su amor sonrió con suavidad.
—Creo que nosotros también. Preguntémosle.
Regresaron a la reunión.
—Ahora que Thalyssra ya puso al tanto a toda la familia —intervino Turalyon—, Alleria y yo nos preguntamos si tal vez deberíamos ir toda la familia. ¿Qué opinas, Arator?
Arator pareció un poco sorprendido.
—¿Todos nosotros? —frunció levemente el ceño—. Eso… suena un tanto excesivo.
Turalyon lo miró con duda, pero Alleria apretó los labios, conteniendo una sonrisa.
—Completamente innecesario —dijo.
—Un desperdicio de recursos, en verdad —continuó Arator—. Estoy dentro.
Sus anfitriones parecieron encantados con la decisión, aunque a Thalyssra le sorprendió que la familia eligiera partir casi de inmediato. No obstante, no podía objetar la dedicación de Arator y los equipó con magníficos sables de maná para llevarlos hasta el Bastión Alma Vil. Los grandes felinos eran de color púrpura, con pelajes cubiertos de runas. Habían evolucionado con una conexión innata a las líneas ley de Azeroth, de las cuales se alimentaban, y tenían olfato para la energía arcana. Además, como les contó Thalyssra, al quitarles arnés y riendas al final del día, les encantaba que les rascaran detrás de las orejas.
El Bastión Alma Vil no estaba muy lejos de la ciudad, y el breve trayecto le dio a Arator ocasión de pensar en la misión. Al caballero le había agradado encontrarse con sus padres en la ciudad de Suramar. El calor del abrazo de su madre y la sonrisa amplia y genuina de su padre animaron a Arator más de lo que habría pensado, y esperaba con ilusión pasar más tiempo con ellos en algo que los tres dominaban.
Aun así, al principio los tres guardaron silencio, como si, tras anticipar una oportunidad para conocerse mejor, de pronto todos se mostraran reticentes. Cuando el silencio empezó a resultarle incómodo, Arator buscó un tema para iniciar la conversación.
Inesperadamente, fue su padre quien lanzó la primera andanada:
—No puedo evitar sentirme en desventaja empezando una misión de reconocimiento en medio de la noche. Ustedes dos ven mucho mejor que yo.
—Ah, pero es una noche hermosa —dijo Alleria—, y las dos lunas están en el cielo.
—Pero vamos a entrar en… cavernas. Donde de todos modos estará oscuro —apuntó Arator.
—¿Quizá puedas iluminarnos el camino, cariño? —dijo Alleria, con dulzura exagerada. Arator se tensó, preguntándose cómo reaccionaría su padre ante un golpe tan directo a su vocación.
Para su sorpresa, los ojos de su padre chispearon, como ante una broma privada.
—Oh, ¿así?
Y la armadura del alto exarca empezó a brillar, brillante como un faro. Con cautela, Arator dijo:
—¡Excelente! Nos quedamos parados a brillar y, si hay demonios en Alma Vil, saldrán a saludarnos.
—Ese es el plan —dijo Turalyon con tanta seriedad que, por un instante, Arator creyó que hablaba en serio. Ante la expresión de su hijo, Turalyon y Alleria estallaron en risas, y Arator los siguió. Fue como si se hubiera abierto una puerta, y Arator se alegró.
Los sables de maná eran cómodos de montar y sus patas iban en silencio. Arator guio su montura entre las de sus padres para poder hablar con ambos.
Al principio hablaron de cosas ordinarias. Turalyon expresó su satisfacción de que Genn Cringris estuviera dispuesto a encargarse de Ventormenta por un tiempo para que él pudiera asistir a la cena y —por fortuna— estar presente para unirse a Alleria y Arator en la misión. Anduin había regresado, pero aún no reclamaba formalmente su título ni su lugar en el trono.
—¿Cómo están ambos? —preguntó Arator.
—Genn se alegra de que Tess gobierne Gilneas, pero parece echar de menos gobernar él mismo. Y a mí me complace tener a alguien que cuide las cosas en mi lugar de vez en cuando.
Arator se abstuvo de comentar más. Turalyon era un excelente general y líder de tropas, pero algo rígido para adaptarse a la naturaleza fluida y flexible de la política. Por lo que Arator había oído, el alto exarca había caído mal a muchos ciudadanos, y Arator sabía que a él tampoco le había gustado esa faceta. Pero su rey se lo había pedido, y el paladín no era otra cosa que obediente al deber.
—Me alegra que pudieras venir con nosotros —dijo Arator, y era verdad—. ¿Y Anduin?
Turalyon guardó silencio un momento.
—La guerra nunca está exenta de costos —dijo—. A cada uno lo afecta de modo distinto. Anduin fue sabio al darse cuenta de que serviría mejor a su gente apartándose un tiempo, y se aseguró de que su reino quedara protegido mientras lo hacía. Hizo falta valor y fe para eso, y lo respeto aún más.
Arator les habló del escudero de Grisillo, de ojos muy abiertos, y de su mezcla de emoción y aprensión por servir a un hombre tan famoso. No mencionó, sin embargo, su reunión con el Señor Tyrosus, y cuando sorprendió a sus padres cruzando miradas mientras hablaba, comprendió que Turalyon probablemente ya lo sabía —y se lo había contado a su madre—.
No era un tema que Arator quisiera tratar, así que recondujo la charla al presente.
—Fue bueno escuchar cómo te habló Lor’themar, madre —dijo—. Espero que la situación se esté descongelando.
—Eso parece —respondió Alleria—. Sabía que te invitaría a su boda, pero no esperábamos una invitación después de lo ocurrido.
—Thalyssra dijo que había sido idea suya, y me parece acertada —dijo Turalyon—. No es lo que esperaría de una líder de la Horda, pero demuestra su compromiso con mantener la paz. Me pareció sorprendentemente agradable… salvo, claro está, por la disputa.
—Y la pérdida del pastel —dijo Arator, con una sonrisa.
—Oye, el señor regente comió tres porciones —repuso Turalyon—. Tu pobre padre puede tomar dos.
—Quizá todo ese pastel fue lo que endulzó a Lor’themar —murmuró Arator—. Ha estado distinto desde que él y Thalyssra admitieron por fin su interés mutuo. Y después de la luna de miel está casi irreconocible en algunos aspectos.
—Ellos hablaron precisamente de eso antes de que llegaras —dijo Alleria—. De cómo ambos cambiaron. Decidieron…
Su voz se apagó y tiró de las riendas de su sable de maná hasta detenerse, mirando lo que tenían delante. Alleria pasó de madre a cazadora; su cuerpo, tenso y listo para responder en un instante.
—¿Qué ocurre? —preguntó Turalyon en voz baja.
Alleria no respondió, pero esbozó una leve sonrisa. Y un momento después, primero Arator y luego Turalyon lo vieron también.
La corrupción vil marchitaba y retorcía todo lo que tocaba—flora y fauna por igual—. En zonas que alojaban maquinaria y arquitectura demoníaca, incluso se acumulaba en charcos viscosos de un verde brillante, antinatural, tan familiar para los tres.
El paisaje ante ellos, sin embargo, revelaba la obra no de demonios, sino de druidas. Rocas alzadas y cráteres mostraban cicatrices de batallas pasadas, pero cada grieta era tomada por otra clase de verde: musgos suaves, enredaderas reptantes. Azeroth sanaba donde su gente cuidaba. Incluso había un rastro reciente a través de la fronda: más evidencia de que el Bastión Alma Vil ya no era temido por quienes sus antiguos habitantes habían aterrorizado.
Aun así, pese al cuidado de los druidas y el apacible resplandor azul blanquecino de la luz lunar, todos vieron la inconfundible mancha de verde vil. A medida que se acercaban, la destrucción característica de los demonios se hacía más evidente. El suelo allí estaba estéril y, poco después, vieron la piedra moldeada en formas pavorosas: una tierra violentada, más que explorada o siquiera saqueada. La esperada radiación enfermiza, sin embargo, estaba tenue. No ardían fuegos viles y los lagos viscosos se habían retirado hacía mucho.
Las lunas continuaron iluminando su camino mientras se aproximaban al borde del bastión. A unos metros, Arator hizo detener a su montura, se deslizó de la silla y rascó con suavidad el cuello de la gran bestia. Con un ronroneo grave y feliz, el animal se inclinó para dar a Arator un suave topetazo, pidiéndole que continuara.
Él rió.
—Son solo gatos gigantes, ¿verdad? No te preocupes, te daré más al volver. —Le dio una palmadita final al sable de maná, ajustó su espada y fue a reunirse con sus padres, mientras las monturas, acostumbradas a esperar, se dejaron caer y se acurrucaron como gatos domésticos.
Se detuvieron un momento para mirar hacia el abismo.
—Parece que no necesitaremos que nos ilumines el camino, padre —dijo Arator.
El brillo vil proporcionaría iluminación suficiente. Se vislumbraban estructuras que, en esa oscuridad, parecían indemnes: arcos curvos que serían casi bellos de no ser por lo que sabían.
—Por desgracia —dijo Turalyon, volviéndose hacia Alleria—. Esto empieza a resultar familiar, ¿no?
Ella asintió.
—Sigue viéndose… sin vida. No tan hirviente de malicia como solíamos ver. Síganme. Creo ver una buena ruta para bajar.
Alleria recorrió una corta distancia por el borde, evaluando, analizando y descartando opciones, hasta que se detuvo. Señaló.
—Por ahí bajamos.
—¿Qué opinas, hijo? —preguntó Turalyon.
Un poco sorprendido de que le preguntaran, Arator respondió:
—Si madre cree que ese es el camino, sigámosla. Ella sabe más de esto que cualquiera de nosotros.
—Buena respuesta —dijo Alleria.
Turalyon se mostró divertido.
—En efecto.
Sin más palabras, Alleria saltó, cayendo con ligereza sobre un pequeño saliente de piedra. Arator no intentó imitarla. Aunque él y su padre se movían con soltura en su armadura, seguía siendo voluminosa. Y, pese a sus bromas, estaba oscuro. Arator distinguió la senda estrecha que serpenteaba hacia abajo en la penumbra: no fácil, pero transitable. Le tranquilizaba saber que su madre vería aún mejor sus recodos. Había elegido bien. Por supuesto.
—No me han dado las gracias —dijo Arator mientras bajaba, ligero pero con cuidado, de peñasco en peñasco.
—¿Por salvarnos de la cena? —preguntó Turalyon, moviéndose con la misma facilidad que su hijo.
Alleria, al frente, se detuvo y los miró.
—¿Tanto se notaba?
—No lo creo. —Ya casi en el fondo, Arator le dedicó a su madre una sonrisa tranquilizadora antes de dar el salto final—. Solo sé que una charla trivial a lo largo de siete platos no es tu forma favorita de pasar el tiempo.
—Muy cierto —dijo Turalyon—. Ambos preferimos acompañarte.
Arator sospechó que Turalyon haría más que “acompañar”. Aun así, sabía que el otro paladín hablaba con sinceridad, y el pensamiento lo reconfortó. Incluso si tocaba sermón, Arator prefería mil veces combatir a un enemigo real junto a su padre que simplemente entrenar.
—Me alegra que las cosas se hayan dado así —dijo Arator.
—A mí también —fue todo lo que dijo Alleria, pero Arator percibió que ella también apreciaba la armonía naciente.
Era una salida familiar inusual, pero, pensándolo bien, eran una familia de lo más inusual. Arator recordó la última vez que habían estado juntos, brevemente, cuando ambos padres lo visitaron por separado en Lunargenta. Turalyon, en una tierra aún hostil, se había visto fuera de lugar e incómodo. Pero Lunargenta había sido el hogar de su madre, y cuando caminó con Arator por la ciudad, Alleria declinó la oferta de Turalyon de acompañarlos. Al recordarlo, Arator sintió que todo aquel encuentro había sido torpe.
Ahora, sin embargo, la pareja se veía cómoda y… feliz. Quizá así podían ser realmente ellos mismos. Si los tres no encontraban un poco de tiempo entre sus deberes para estar juntos, tal vez esos deberes mismos podrían acercarlos.
El camino siguió. A medida que descendían y la luz de las lunas ya no penetraba la oscuridad, la energía vil que aún impregnaba las Islas Quebradas los envolvía cada vez más. En un punto, Turalyon alzó la vista hacia una estructura curvada, verde oscura.
Alleria habló en voz baja:
—Fue tan… extraño al acercarnos. Las áreas cuidadas por los druidas reconfortaban, pero las ruinas oscuras, por contraste, se sentían aún más hostiles.
Turalyon asintió.
—Está claro que la energía se disipa lentamente en la superficie. Tardará más en desvanecerse cuanto más profundo vayamos. Ciertamente no es lo que tú y yo estamos habituados a ver.
—¿Una tierra corrompida por lo vil… sanando? Nunca nos quedamos lo suficiente… Siempre marchábamos al siguiente frente.
—Cuántos cambios ha vivido Azeroth —dijo Turalyon—. Imagina ser cartógrafo después del Cataclismo.
Arator escuchó sin interrumpir, con una leve sonrisa.
Alleria la notó y lo retó, juguetona:
—¿Qué te causa tanta gracia, hijo?
—Bueno —dijo Arator, riendo quedo—, regresaron a Azeroth hace casi una década. Y, sin embargo, parecen sorprenderse constantemente de los cambios. No solo de esto, sino de tantas cosas. Es… entrañable, la verdad.
Turalyon se llevó una mano a la pechera, fingiendo estar herido.
—Me hieres, hijo. No mires ahora, Alleria, pero parecería que, después de mil años, de pronto nos hemos vuelto… viejos.
—¡No, no me refería a eso! —dijo Arator, aún riendo—. Tiene todo el sentido que no conozcan el paisaje después de que los demonios se han ido por un tiempo. Ustedes han estado tan ocupados persiguiéndolos que nunca tuvieron oportunidad de ver el después por sí mismos. Las cosas buenas. Cómo la tierra puede sanar.
—Bueno —dijo Alleria, aún sonriendo pero poniéndose más seria—, si tenemos suerte, tu conocimiento del “posdemónico” será justo lo que se requiera aquí.
—Ah —respondió Arator—, ¿pero dónde está la diversión en eso?
Doblaron una esquina y la ligereza se desvaneció. Ante ellos yacía un enorme montón de escombros que bloqueaba lo que antaño había sido una entrada. En la cima, aún era visible un desafiante fragmento de arquitectura demoníaca, aunque agrietado.
—Estos daños son del ataque de los natonocturnos —dijo Arator—. Golpearon con fuerza tras sofocar la invasión. —Señaló un cúmulo de polvo y cascotes—. Eso no es un derrumbe natural.
—No hay señas de perturbación en el polvo —dijo Alleria.
La mirada de Turalyon recorrió el enorme cúmulo de piedra caída y asintió.
—Con el lugar en este estado —dijo—, los informes de magia vil parecen menos probables.
Arator, sin embargo, tenía otra sospecha, una que lo roía desde que oyó hablar de fuego vil avistado en el bastión. Había crecido con cada paso, y ahora sintió la necesidad de hablar.
—Hay algo de lo que no hemos hablado —dijo Arator, con reticencia—. Podría ser que estos “avistamientos” no sean más que bromas.
Su madre frunció el ceño.
—No se bromea con demonios.
—Estoy de acuerdo —dijo Arator—. Pero, ¿alguna vez han estado cerca de un grupo de jóvenes aburridos? Créeme, Giramar y Galadin pueden parecer inocentes, pero hicieron muchas travesuras al crecer.
—¿Solo ellos? —preguntó Turalyon.
—No puedo confirmar ni negar mi participación.
—Eso lo heredaste de mi lado de la familia —dijo Alleria. Ambos la miraron, con rasgos tan parecidos, mostrando exactamente la misma expresión de sorpresa.
—¿Qué travesuras hiciste tú, amor? —preguntó Turalyon.
—Oh, no de mí. Yo era tediosamente seria de niña. Pero Sylvanas adoraba gastar bromas cuando era joven. Nada hiriente —añadió con rapidez—. Algunas salieron desastrosamente mal, pero… debo admitir que otras fueron bastante graciosas.
—Recuerdo que Vereesa me contó algunas —dijo Arator—. Ahora que lo pienso, dijo que tú también hiciste un par de cosas no tan perfectas.
—¿Qué te dijo? —inquirió Alleria.
—No, no, hice una promesa, y cumplo mi palabra —replicó él.
—Hablaremos luego —dijo Alleria, esforzándose por sonar ligera. Pensar en la hermana del medio de los Brisaveloz siempre la volvía un poco melancólica. Tomó aire y volvió a concentrarse en los escombros—. Me pregunto qué habrá quedado sellado allí.
Ante sus palabras, los otros dos se pusieron serios, escrutando el área con renovada cautela. Había pocos huecos en la piedra caída. Diablillos podrían haber escapado con facilidad, pero algo mayor seguiría sepultado. Mientras ella y Turalyon alzaban la vista buscando alteraciones, Arator se agachó para observar el suelo rocoso de la caverna.
—No imagino que mucho haya quedado intacto —dijo Arator—. No con todo este peso sosteniendo—
Hubo un traqueteo y algunas piedras rodaron.
Alleria ya tenía una flecha encordada, y los hombres, las espadas listas. Reinó el silencio un instante y luego otra pequeña lluvia de cascotes.
Alleria estuvo a punto de soltar el tiro, pero se detuvo y bajó el arco. Arator siguió su mirada, entornó un poco los ojos y luego sonrió.
—Ve en paz, pequeño amigo —dijo Alleria—. Y presume ante tu familia de tu escape.
La rata chasqueó los dientes, como ofendida, y se escurrió de vuelta adentro.
—No parece muy agradecida —observó Turalyon—. Aunque verlo es una buena señal —añadió—. Nuestro desagradecido amigo no estaba imbuido de lo vil.
Arator no pudo evitar poner los ojos en blanco. Si Turalyon había visto a la rata lo bastante bien para discernir que no estaba corrompida, tenía que saber que era obvio para Alleria y para él. Una clase sobre demonios, claro, pensó.
El camino descendía con más brusquedad ahora, y los daños del asalto de los natonocturnos solo se veían en lugares con derrumbes. Varias zonas permanecían estructuralmente intactas, pero vaciadas desde hacía mucho: monumentos de un ejército derrotado. En Azeroth había muchos lugares así.
Aquí no hay nada que encontrar salvo ratas y restos, pensó Arator.
—Bueno —dijo, con un leve matiz de irritación pese a su esfuerzo—, lamento haberlos arrastrado conmigo.
Turalyon respondió incluso antes que Alleria:
—Nosotros no lo lamentamos.
—Quiero decir —aclaró Arator—, me encanta su compañía, pero… no me vendría mal un poco más de emoción.
Alleria iba a replicar, pero se congeló en seco y alzó una mano para hacerlos callar.
Los tres quedaron inmóviles como la piedra, siguiendo su mirada hacia el tenue pero inconfundible parpadeo de fuego vil.
CAPÍTULO TRES
Ruinas de Bastión Alma Vil, Suramar
ISLAS QUEBRADAS
El trío se pegó contra un gran peñasco saliente. Alleria miró a los dos paladines y se llevó un dedo a los labios. Turalyon y Arator asintieron; el sigilo era su aliado hasta saber con qué se enfrentaban.
Padre e hijo aguardaron y observaron mientras Alleria se deslizaba con rapidez y casi en absoluto silencio, saltando de piedra en piedra, para luego desaparecer tras las ruinas ya apagadas de lo que antaño habían sido cañones viles. Surgió unos momentos después y les hizo señas para que la siguieran.
Juntos avanzaron más allá de un charco de lodo vil y rodearon otra curva de la ancha calzada. El giro reveló más charcos resplandecientes y otra luz, más brillante, que se elevaba como vapor. Era lo que todos temían encontrar. La luz intensa y brumosa emanaba de la cámara más interna del bastión; su fuente quedaba oculta por el momento.
—No creo que esté ocupado —susurró Alleria—. Pero podría ser una trampa.
Arator estaba furioso consigo mismo.
—¿Cómo no vimos esto al acercarnos?
—La emanación es débil —observó Turalyon, con su voz profunda suavizada—. Estamos acostumbrados a toparnos con cosas como esta a plena potencia. Probablemente no era lo bastante fuerte para verse a distancia.
—Yo sí debí verla —dijo Alleria con crudeza. Sintió algo de verguenza—. Mi vista es mejor que la de ustedes.
—Ahora la vemos —dijo Turalyon—. Bien. Hagamos algo al respecto.
El motor de almas era la única estructura que veían iluminada desde dentro por una luz verde amarillenta. Aunque el camino de acceso descendía, el edificio se alzaba: el único signo de “vida”, si se le podía llamar así, en medio del caos de escombros, restos y viejos esqueletos donde habían caído los demonios.
De pie junto a Alleria, Turalyon dijo:
—Con todas las otras áreas a oscuras, esta luz… parece vitrales de catedral. —Aún hablaba en tono bajo, pero su voz hervía de ira—. Los demonios pervierten toda norma de decencia y bondad.
Arator oyó un leve crujido de armadura cuando el hombre mayor apretó el puño sobre la espada. Alleria posó la mano en su brazo. Él respiró hondo, aferrándose a la serenidad de ella mientras descendían hacia la entrada, separados por un tramo que permitía atisbar lo vil del interior a través de una filigrana de piedra o metal tallado.
Arator reprimió un estremecimiento de repulsión. Su padre tenía razón. Sí parecía vidrio de vitral.
Mientras se acercaban, Arator oyó el inconfundible zumbido profundo, una parodia retorcida de un latido vivo, un sonido tan grave que casi se sentía más que se escuchaba. Aunque ya no necesitaba más confirmación de que el motor de almas estaba activo, ahora alcanzaba a ver el corazón de la máquina y el resplandor vil que emanaba. El diseño de aquellos horribles receptáculos variaba, pero su propósito era el mismo: contener almas y usar su energía para impulsar a la Legión Ardiente.
No permitió que la mirada se demorara demasiado en aquella vileza; la hizo saltar del objeto al entorno, alerta ante cualquier peligro. Llevaba la boca en una línea tensa. Detestaba lo poco que podían ver, pero no había remedio. Él y su padre musitaron breves palabras, invocando las bendiciones de la Luz antes de la posible batalla. Sintió asentarse su espíritu; la mente, despejada. Alleria observó y escuchó un instante más, luego asintió. Con las armas listas, avanzaron y juntos entraron en la cámara.
No había demonios, pero su obscena obra estaba exhibida con orgullo.
Porque, a diferencia de todo lo demás que habían visto en el bastión, el motor de almas no estaba en ruinas.
Cualquier resto del ataque de los natonocturnos había sido retirado. Jaulas vacías colgaban del techo de las hornacinas; Arator supuso que servían para retener a las víctimas de los demonios. Escaleras en caracol conducían a una parte superior.
Y en el centro, con un panel de control inactivo arqueándose frente a él, estaba el pozo de almas.
Cada pulso de energía vil que producía el motor se alimentaba de las almas contenidas dentro. Encima de la sencilla pila se encaramaba algo que Arator jamás había visto usar de ese modo. Era una jaula metálica, pero parecía más bien una criatura insectoide de patas largas y erizadas que se aferraban al borde del pozo. El diseño era, como cabía, materia de pesadillas: una construcción extraordinariamente compleja y, a la vez, brutalmente simple.
Ya habían visto creaciones demoníacas como esa jaula. Estaban hechas para contener almas poderosas.
—¿Qué sentido tiene atrapar las mismas almas que intentas usar? —preguntó Turalyon—. No tiene lógica.
Arator estuvo de acuerdo, pero entonces miró con más atención las runas que brillaban en las inquietantes patas de araña.
—Las jaulas funcionan en ambos sentidos —dijo—. Mantienen algo dentro…
—…y mantienen algo fuera —remató Alleria.
—Miren esto —dijo Arator—. Esta runa es distinta a cualquier otra que haya visto o de la que haya oído. ¿Les resulta familiar?
Sus padres se acercaron al motor y lo examinaron.
—Buena vista, hijo —dijo Turalyon—. Es ligeramente diferente. No la reconozco. —Parecían pequeñas runas en Eredun grabadas en cada una de las patas curvas, y había otras diferencias pequeñas, pero quizá significativas.
—Podrían ser resguardos —dijo Alleria—. Pero este artefacto tiene piezas extra y no sé cuál es su función.
Arator aún no se movió, pero sus ojos recorrieron la estructura, y el ánimo se le elevó un poco. Rompiendo el silencio atónito, les dijo a sus padres:
—No canten victoria todavía, pero… el nivel del pozo está muy bajo. Creo que apenas está cargado.
—Entonces tenemos algo de tiempo —dijo Turalyon.
Alleria asintió.
—Cierto, aunque no sabemos qué puede hacer un “casi sin carga”.
Arator no pudo evitar notar que sus padres dieron un paso el uno hacia el otro de forma instintiva. ¿Cuántas veces lo habrían hecho, unidos por propósito y experiencia?
—Bueno, ya encontramos actividad demoníaca, así que nuestra misión de reconocimiento está cumplida —empezó Arator—. Dado estos resguardos, no deberíamos intentar desactivar o destruir el motor de almas hasta saber con qué lidiamos. —Miró a su madre—. Podríamos esperar, intentar una emboscada al demonio, o ver si hay un rastro que seguir. Si el motor está activado, ya han muerto inocentes; puede haber más en riesgo.
La respuesta de Turalyon fue inmediata.
—Eso no es lo que se nos ordenó.
Alguien había bromeado alguna vez con que Arator era “alérgico” a las órdenes. Arator se reía con los demás, pero no lo negaba. Era una de tantas palabras que detestaba oír en la voz de su padre, así que se apartó y empezó a examinar la maquinaria mientras su madre y su padre hablaban. Por el rabillo del ojo avistó una hornacina.
—Amor —dijo Alleria con un suspiro—, lo único que hará Thalyssra es mandarnos de vuelta.
—Pudo haber recibido información nueva —insistió Turalyon—. Tal vez conozca estas runas, quizá sepa cómo desactivarlo.
El polvo cerca de la hornacina estaba removido, igual que en la zona del panel principal. Y había algo más. Arator siguió avanzando despacio, con cuidado de no alterar evidencia alguna. Un olor desagradablemente familiar le llenó las fosas nasales, anunciándole lo que estaba a punto de descubrir, y cerró los ojos un momento antes de entrar del todo en la hornacina para enfrentar lo que lo aguardaba.
Sus padres continuaban su discusión cortés pero tensa.
—Sin ofender a la Guardia Umbría ni a los Caballeros de Sangre —dijo Alleria—, pero me atrevería a decir que nosotros tres lograremos más que tres contingentes de cualquiera de ellos.
—Alleria, ese no es el punto.
—Vengan —llamó Arator antes de agacharse junto a los cuerpos para examinarlos.
Dolía cada vez. Ya no lo abrumaba, claro; la familiaridad con la muerte había hecho su implacable y misericordioso trabajo. Pero Arator lamentó esas vidas truncadas, el dolor de quienes los echarían de menos. Ambas víctimas eran natonocturnos. Una era una mujer adulta, pero el otro había sido joven, aún en la adolescencia. Los ojos de Arator pasaron del tajo cruel en su garganta, reciente, a un símbolo que la víctima, u otra persona, había grabado tiempo atrás en el dorso de su mano aún rígida.
Oyó a sus padres entrar.
—¿Eso es… algún tipo de runa? —preguntó Turalyon.
—Parece que alguien creyó que lo era, pero no reconozco cuál. ¿Madre?
Alleria negó.
—Si esas dos líneas fueran verticales, sería una runa de protección. Alguien no sabía lo que hacía.
—¿Cuánto llevan muertos? —preguntó Turalyon.
—Menos de un día, a juzgar por la flexibilidad de los cuerpos.
—Nadie ha reportado desaparecidos aún. Nos lo habrían dicho —razonó Alleria—. Arator, ¿hay aldeas asentadas por aquí cerca?
—Ninguna que yo sepa —respondió—. La última vez que revisé, nadie quería vivir cerca de este lugar. Con razón. —De pronto recordó lo que había visto antes—. Pero… detecté un sendero al venir —dijo—. En el área restaurada. —No podían hacer nada por los natonocturnos caídos, pero aún podían ayudar a los vivos.
—Vamos —dijo Alleria.
• • •
Los tres regresaron a toda prisa por donde habían venido y treparon fuera del bastión. El rastro que Arator había notado era fácil de localizar, lo bastante marcado para delatar el paso de varias personas y lo bastante reciente para no estar pisoteado en exceso.
—Dejen los sables de maná —dijo Alleria—. Prefiero explorar a pie, para no pasar por alto nada.
Así lo hicieron, caminando en silencio hasta que divisaron los límites de un campamento. Desde allí, las tiendas improvisadas parecían intactas, y la tierra no mostraba más señales que las marcas ordinarias de la vida diaria.
—Algo no está bien —dijo Arator—. Dejaron que sus cenas se quemaran, hay huellas de niños, pero está demasiado silencioso…
Se aproximaron con cautela. Las pocas hogueras eran ya brasas, y cualquier comida estaba carbonizada. No había signos de violencia, pero sí de desorden: el juguete de un niño tirado por aquí, un banco volcado y una copa derramada por allá. Y, sin embargo, el lugar parecía completamente vacío.
Arator señaló la primera tienda, bastante grande, y alzó una ceja en silencio. Sus padres asintieron, pero cuando Arator iba a acercarse, Turalyon le puso una mano en el brazo, atrayéndolo hacia atrás con suavidad. Arator lo permitió. Era momento de no protestar, sino de prepararse para un ataque.
Turalyon invocó la Luz, acunándola en su mano izquierda. Con la derecha, usó la punta de la espada para levantar la lona de la entrada. Miró dentro, luego se volvió e hizo señas para que avanzaran.
—No hay ocupantes —dijo—. Parece que aquí vivía una familia entera.
Arator observó los enseres simples pero bien hechos: dos sacos de dormir… y una cuna vacía. Cojines en el suelo, fruta en una cesta tejida, un arcón muy grande y robusto cubierto por una manta. Una muñeca y otros juguetes estaban esparcidos sobre el piso de tela.
El viento arreció, cambió y una ráfaga penetró por la puerta. Arator captó el inconfundible y familiar olor. Uno enmascarado por el hedor de las hogueras.
Vil.
¡Pum!
Algo estaba dentro del arcón. La radiancia estalló en la tienda cuando padre e hijo llamaron a la Luz al mismo tiempo. El arco de Alleria ya estaba encordado, lista para soltar.
Entonces, otro sonido distinto: el agudo llanto de un bebé.
La adrenalina se desvaneció en Arator. Bajó la espada y se acercó al arcón.
—Estás a salvo —dijo con voz tranquilizadora—. No vamos a hacerles daño. Voy a abrir el arcón ahora. —No hubo respuesta. Despacio, Arator alzó la tapa.
Una natonocturna aterrada, abrazando a su bebé, los miró desde dentro.
Él le sonrió.
—Están a salvo.
Ella se encogió, cubriendo la boca del lactante que berreaba, y dijo en un susurro áspero y frenético:
—No, no, calla, te oirán…
El siguiente chillido no vino del bebé, sino de fuera de la tienda.
¡Murciélagos viles!
La mujer alzó la vista hacia Arator, horrorizada.
—¡Se lo dije! —clamó.
—Volveremos —prometió él, y cerró el arcón.
Sus padres ya estaban afuera. Dos murciélagos viles yacían en el suelo, con flechas clavadas en los ojos, y un virotazo de radiante fulgor dorado derribó a otro del cielo. Cayó, aleteando errático. Arator llegó allí, alzando la espada. Cuando su hoja descendió, la de Turalyon se unió. La Luz estalló cuando las dos poderosas hojas consagradas se hundieron a la vez en la criatura. Luego Arator arrancó su espada para saltar y partir a otro enemigo en dos.
Más esbelto que su padre, menos potente pero más veloz y con la agilidad de su madre, Arator iba y venía, a veces saltando para golpear con un grito, o alejándose de sus padres para atraer a los murciélagos hacia sí. Como Turalyon, era fuerte en la Luz, y esta acudía cuando la llamaba.
Las bestias demoníacas estallaban, emitiendo chillidos horribles cuando un fogonazo implacable las hacía trizas. La imagen dorada y fulgurante de un martillo aplastó a otra, hundiéndole el cráneo. Arator se detuvo un instante para evaluar con rapidez la situación y elegir su siguiente objetivo.
No estaba demasiado preocupado. Los murciélagos viles eran presa fácil para gente con su experiencia. Incluso había montado uno, una vez. El suelo estaba alfombrado con ellos; Arator ni se molestó en contarlos. Solo le inquietaba cuántos más vendrían.
Su mirada se cruzó con la de su madre. Se sonrieron. Cazar juntos se sentía bien. Solo deseó que hubieran llegado a tiempo para…
Cuatro demonios se abalanzaron sobre Alleria en un ataque perfectamente coordinado. Dos cayeron en picado, alas plegadas para ganar velocidad. El segundo par salió a toda prisa desde detrás de una hilera de tiendas, uno a cada lado.
No sabía si fueron sus instintos o el tufillo vil que emitían, pero Alleria dio un salto, recogiendo las rodillas y arqueando el cuerpo, haciendo una voltereta hacia atrás, disparando todo el tiempo. Las flechas del Vacío se incrustaron con un golpe seco en los objetivos, matando a uno de los que descendían y hiriendo al otro.
Arator echó a correr en cuanto vio el peligro, centrando la vista en el demonio herido por su madre. Aprovechó el impulso para lanzarse hacia la criatura que caía y aleteaba, y la cortó en dos antes de que tocara tierra. Alleria acababa de acomodar su cuerpo esbelto para aterrizar y enfrentarse a los dos de los flancos cuando el de su izquierda viró de improviso: no para atacar, sino para desequilibrarla.
Alleria giró, sin lograr evitar del todo el impacto. El de la derecha aprovechó la oportunidad… y a Alleria. Sus garras se hincaron en su pantorrilla y su compañero le atrapó un brazo; ambos pares de alas coriáceas batían, intentando llevársela por los aires.
Una voz, profunda y retumbante como trueno, habló. Los dos murciélagos viles chillaron al estallar en llamas de Luz, brillantes como el sol, y Alleria empezó a caer. Arator comprendió que no podría ajustar a tiempo su cuerpo herido para caer con seguridad.
Arator extendió el brazo izquierdo, la palma abierta y los dedos muy separados.
Luz. Sáname…
Felina, Alleria giró en el aire y aterrizó con gracia sobre las puntas de los pies, encordando de nuevo el arco, lista para la siguiente oleada. Recuperando el aliento, Arator alzó la vista, empuñando la espada. Un pequeño grupo de murciélagos viles flotaba, y el paladín abrió la mano. Pero, incluso mientras la Luz se formaba en su palma, las criaturas se escabulleron hacia el oeste. El suelo estaba cubierto de cadáveres demoníacos, pero Arator memorizó la dirección de huida. Si esto era parte de un plan demoníaco mayor, un enjambre de murciélagos viles era apenas el comienzo.
Se volvió hacia su padre, con una leve sonrisa.
—Buen trabajo en equipo. Nada mal para un viejo —bromeó con cariño.
Pero cuando Turalyon apartó la vista de Alleria para mirarlo, Arator vio que no estaba divertido.
—Trabajo en equipo es saber qué hacen los demás y obrar en concierto con ellos. Así conviertes la suerte en estrategia. Aquí tuvimos suerte; la próxima vez, prefiero que sea estratégico.
Arator parpadeó, recordando su carrera fuera de la tienda: dos espadas de paladín, en perfecta armonía, abatiendo a un enemigo juntas.
—Tú lo derribaste y yo…
—Un paladín debe contactar, aunque sea brevemente, con el paladín de mayor rango antes de simplemente… lanzarse, a menos que alguien esté en peligro mortal.
Arator frunció el ceño.
—¡Mamá nos necesitaba! ¿Esperabas que yo…?
—La distrajiste en combate.
—Turalyon. Arator. —La voz de Alleria fue fría y tajante—. Hablen de esto después.
—Mamá tiene razón —replicó él, cortante—. ¿Quieres hablar? Hablamos. Pero primero pongamos a salvo a los sobrevivientes.
Sin otra palabra, Arator dio media vuelta y volvió a la tienda. Podía oír a sus padres hablando en voz baja afuera, pero respiró hondo y siguió su propio consejo, apartando a un lado las emociones encendidas.
—He vuelto —dijo, levantando la tapa del arcón. La mujer temblaba; el bebé, de ojos muy abiertos, estaba extrañamente en silencio—. Ya se fueron. Están a salvo y los llevaremos con la primera arcanista a la ciudad de Suramar. Ella los cuidará. ¿Cómo te llamas?
—M-Mauvara.
Señalando a la niña, Arator preguntó:
—¿Y ella?
Mauvara sonrió apenas.
—Trinette.
—¿Puedo?
La madre vaciló y luego asintió, conteniendo un quejido al pasarle a su hija. Arator era lo bastante mayor que sus primos como para estar bien familiarizado con el manejo de bebés. Susurró algo y sintió a la Luz templar sus brazos. La pequeña Trinette también. Murmuró, bostezó y cayó en un sueño reparador. Arator la depositó con cuidado en el saco de dormir y se volvió para ayudar a la madre.
Oyó levantarse la lona de la entrada y alzó la vista para ver a su madre de pie allí.
Alleria se dirigió a Mauvara:
—Nos alegra haberlas encontrado —dijo—. ¿Hay alguien más en el campamento a quien debamos buscar?
A los ojos de Mauvara acudieron lágrimas.
—No… no lo sé —dijo—. No hemos salido de este arcón desde que los murciélagos llegaron ayer. No me atreví a arriesgar a mi hija.
Un gesto de profunda comprensión cruzó por el rostro de Alleria y desapareció.
—Este campamento, ¿cuánta gente había?
—Somos cuarenta. —Se detuvo, y corrigió con tristeza—: Éramos cuarenta. ¿Han encontrado a alguien? ¿Alg…? —Se mordió el labio, incapaz de decir la palabra.
—No —dijo Alleria—. Pero aún estamos buscando.
¿Se habrán llevado a todos? se preguntó Arator. Solo había encontrado dos cadáveres en el Bastión Alma Vil.
—Alleria —se oyó la voz de Turalyon. Alleria miró una vez más a Mauvara y dejó caer la lona.
—¿Puedes ponerte en pie? —preguntó Arator, volviendo su atención a la natonocturna, de la que empezaba a sospechar que no recibiría buenas noticias.
Ella intentó mover los brazos y siseó, como cuando le entregó a la niña.
—Aquí —dijo él, inclinándose. La ayudó a pasarle los brazos por el cuello, moviéndolos con cuidado; luego la alzó con suavidad y la llevó al saco de dormir. Mauvara soltó un grito al levantarla, y Arator colocó a la dormida Trinette en sus brazos.
—Voy a hablar con mis compañeros —aseguró—. Intenta moverte un poco, lo que puedas. Vuelvo en seguida.
—¿Revisaste todo? —decía su madre cuando él se acercó.
—Por supuesto —respondió Turalyon, con voz profunda y apesadumbrada—. Di una vuelta por toda la zona. No hay senderos nuevos. Se los llevaron a todos.
Arator resistió el impulso de retomar su discusión anterior; su irritación se templó con la melancolía tranquila en la voz de su padre. Fuera lo que fuera que pensara de él, Arator jamás diría que a Turalyon no le importaba la gente. Más bien, su empatía quedaba con demasiada frecuencia eclipsada por su apego a las órdenes y el protocolo.
—Diría que es seguro suponer que los secuestraron vivos —dijo Arator.
—Los demonios no pueden cosechar sus almas si están muertos —dijo Alleria—, pero eso no significa que traten bien a sus prisioneros.
Arator sabía que su madre era cazadora. Soldado. Y por experiencia entendía que a veces hay que endurecerse para funcionar como es debido. Aun así, se le hacía extraño verlo en ella, la misma que, no hacía dos horas, había sido cálida, amable y sonriente. Lo entendía. Incluso valoraba esa capacidad. Pero no le gustaba.
—La superviviente dice que el ataque ocurrió ayer —continuó Alleria—. Supongamos que se llevaron al resto del campamento con vida y los mantuvieron así hasta sacrificarlos. Si también suponemos que murieron junto con los otros dos que encontramos, entonces sabemos que al menos cuarenta almas han sido alimentadas al motor de almas.
Turalyon miró hacia la tienda.
—¿Creen que podría haber otros campamentos?
—Es posible. Los demonios pretendían llevarse a todos y no dejar testigos que informaran a Thalyssra de los ataques.
—Calcularon mal —murmuró Arator.
—Pronto lamentarán ese descuido —dijo Alleria.
—Sin duda —añadió Turalyon, con un matiz de ira justa—. Pero tenías razón antes, Arator.
Arator frunció el ceño.
—¿La tenía?
—Debemos llevar a estas dos a salvo con Thalyssra. Necesitan comida y cuidados, y nosotros debemos informarle. Tiene que saberlo todo, incluido todo lo que esta mujer…
—Mauvara —suministró Arator.
Turalyon asintió.
—…todo lo que Mauvara pueda contarnos. Confío en que Thalyssra querrá que continuemos la investigación.
Arator volvió a la tienda, diciendo por encima del hombro:
—Eso espero —dijo—, porque tengo un viejo amigo que quizá pueda ayudar.
CAPÍTULO CUATRO
La Fortaleza Nocturna, Ciudad de Suramar
ISLAS QUEBRADAS
De regreso a la ciudad de Suramar, a Turalyon le costaba creer que solo hubiera pasado medio día desde que él y Alleria habían hablado de poesía y amor mientras bebían arcavino en una mesa repleta de manjares. A diferencia de Alleria, que se veía incómoda desde su llegada, Turalyon había disfrutado la oportunidad de sentarse con quienes antaño fueron sus enemigos y hablar de temas distintos al clima y la política.
Y, en efecto, era la política lo que lo había atormentado últimamente. Cuando el rey de Ventormenta dejó temporalmente su trono, el manto recayó en Turalyon. Anduin sin duda creyó que uno de los paladines fundadores de los Caballeros de la Mano de Plata gobernaría con una visión tanto devota como sabia, y Turalyon hizo lo posible por ser digno de la confianza del rey.
En privado, sin embargo, Turalyon se sentía poco apto para tan gran honor. Nada lo había preparado para sus desafíos únicos. Era cierto que venía de linaje noble y quizá, si sus padres hubieran vivido, le habrían enseñado las artes diplomáticas. Pero murieron cuando él era un infante, dejando a su hijo huérfano para ser criado por la iglesia. Llegó a la adultez bañado por la luz del sol filtrada por vitrales, sin otra aspiración que servir humildemente a la Luz y ceñirse a sus enseñanzas. En cambio, la Segunda Guerra le puso un arma en la mano, y desde entonces descubrió que sus mayores aportes a Azeroth eran en el campo de batalla.
Pasó mil años en el Vacío Abisal, lideró el Gran Ejército de la Luz. Sabía impartir órdenes en el campo de batalla, pero no en la corte. Tuvo la fortuna de estar rodeado de amigos y aliados, nobles con más experiencia que él. Pero a Turalyon le desagradaba la naturaleza cambiante e impredecible de la política. Prefería el orden de la iglesia y la cadena de mando marcial, el huérfano elevado al heroísmo por azar que deambuló hasta la grandeza. Cualquier cosa fuera de eso… la conversación con Lor’themar y Thalyssra bastaba para evidenciar dónde residía su comodidad.
No era raro que la gente supusiera que él y Alleria se habían casado hacía mucho, pero el paladín y la forestal se conocieron en la guerra, se enamoraron en la guerra y vivieron una vida de batalla hasta años recientes. Incluso entonces, en una supuesta época de paz, Turalyon tuvo que lidiar con el trono de Ventormenta. Hubo algunos años en que él y Alleria se sintieron asentados, algo en paz. Pero entonces apareció Xal’atath y, con ella, todas las cargas del Vacío que ahora Alleria llevaba. Alleria desaparecía intermitentemente durante meses, pensando proteger a Turalyon y a Arator de su poder, temiendo que pudiera ponerlos en peligro.
Turalyon no sabía qué aguardaba, pero se alegraba de que ahora estuvieran juntos, como familia, aunque fuera en una misión peligrosa por poco tiempo. Sin embargo, mientras ayudaba a Mauvara a bajar del sable de maná, sintió un rubor de vergüenza. En las últimas horas, él y Alleria habían gozado de lujos de mesa real y de tiempo con su hijo adulto y sano. Mauvara, con el cuerpo agarrotado y contrahecho, había estado ocultando a su hija de demonios que habían secuestrado y masacrado a toda su comunidad —hazaña nada menor—. No habló durante el viaje de regreso, y Turalyon no la presionó.
Cuando Turalyon la puso en el suelo, Mauvara estaba tan débil que los pies y las piernas se le doblaron sin huesos debajo de ella, y casi cayó.
Tras un largo instante en el que Turalyon la sostuvo firme, Mauvara asintió y él la soltó. Estaba inestable, pero podía caminar, y aceleró el paso cuando Arator se acercó con su hija, estrechando a Trinette contra su pecho.
A Thalyssra y Lor’themar les habían avisado de su llegada y se apresuraron hacia la familia; sus expresiones pasaron de la curiosidad a la alarma. Thalyssra rodeó a Mauvara con un brazo mientras Turalyon comunicaba la terrible noticia.
—Los informes eran, por desgracia, demasiado acertados —dijo—. El motor de almas en el Bastión Alma Vil está funcionando.
—Pero lo destruimos… lo redujimos a escombros —dijo Thalyssra.
—Apenas se notaría —repuso Arator, sombrío—. Alguien se ha tomado grandes molestias para reconstruirlo y mejorarlo, incluso protegerlo con resguardos contra más interferencias —dijo—. Encontramos dos natonocturnos sacrificados en una cámara adyacente.
Turalyon notó que Mauvara se quedaba muy quieta, escuchando con atención. El destino que ella esquivó, pensó Turalyon.
—Dicho eso, el motor aún parece estar lejos de operar a plena capacidad —continuó Arator—. También descubrimos que los demonios han estado secuestrando viajeros de campamentos cercanos para alimentarlo. Mauvara y Trinette fueron las únicas sobrevivientes que hallamos.
Lor’themar apretó la mandíbula.
—Esperaba que no fuera nada, pero en esta vida, la mayoría de las veces, eso es puro autoengaño.
Palabras simples, ciertas, pero golpearon a Turalyon más de lo que Lor’themar seguramente pretendía.
—Mauvara —dijo Alleria con amabilidad—, la primera arcanista cuidará de ustedes de maravilla, pero primero necesitamos hacerte algunas preguntas.
Mauvara asintió y se dejó ayudar hasta los cojines de la mesa donde Turalyon y Alleria habían cenado hacía apenas unas horas.
—Tu bebé es preciosa —dijo Thalyssra—. ¡Y duerme profundamente!
—Tuvo una pequeña ayuda de la Luz —dijo Arator—. Calculo que dormirá al menos otra hora.
—Los paladines resultan bastante útiles —comentó Thalyssra. Los ojos de Arator volaron un instante hacia su padre.
—Lo intentamos —dijo Turalyon, esperando que su hijo oyera lo que él no decía.
No se arrepentía de haber reprendido a Arator tras la pelea. Su hijo se había saltado el protocolo en una situación peligrosa. Aquella norma en particular estaba diseñada para evitar daños involuntarios del peor origen posible: otro paladín. Pero Turalyon sí lamentaba la dureza de sus palabras. Estaba más enojado de lo debido porque, por un momento, había sentido una punzada de miedo —miedo por las dos personas a las que más amaba—.
La comida, fresca y caliente, y abundante agua limpia y fresca llegaron rápido. Mientras comían, Lor’themar y Thalyssra llamaron a la Guardia Umbría. Turalyon reconoció a Victoire, la primera hoja y una de las líderes de la orden, pero no conocía al oficial a su lado, que también parecía de alto rango. Al paladín le alegró ver lo serio que se tomaba Thalyssra el asunto.
Ella y Lor’themar se dispusieron a escuchar mientras Mauvara repetía lo que había contado a sus rescatistas.
—No tuvimos ninguna advertencia —dijo—. Los murciélagos viles simplemente llegaron en tal número que nos sobrepasaron.
Miró el pequeño rostro de Trinette y continuó en voz más baja:
—Pocos de nosotros sabíamos luchar, y la mayoría eran cazadores, no soldados. Mi esposo era de los pocos con entrenamiento marcial. Me dijo que tomara a Trinette y me escondiera en el arcón, y que vendría por nosotras cuando fuera seguro. Cuando no volvió… no supe qué hacer. Así que simplemente… nos quedamos.
Desde que se reunió con Arator, Turalyon había comenzado, aunque tarde, a palpar lo insondable del vínculo entre padre e hijo. Estaba fieramente agradecido de que su familia pudiera defenderse sobradamente, y le dolía imaginar cómo se habrían sentido él y Alleria de haber estado en el lugar de Mauvara.
Alleria siempre había sido alguien que guardaba de cerca sus emociones, incluso recientemente, cuando Turalyon sentía que no hacía falta. Pero ahora vio en sus ojos la misma expresión que imaginaba en los suyos.
—No habíamos oído nada de ataques así —dijo Thalyssra—. En años recientes, los druidas del Círculo Cenarion han trabajado duro para restaurar lo que la Legión desgarró, de modo que mis ciudadanos han vuelto a sentirse seguros para viajar libres por nuestras tierras. Lamento profundamente que no haya sido así para ti y los tuyos. Haré que todo el Bastión Alma Vil sea peinado a fondo, y enviaré aviso a quienes estén en la zona de que tendrán refugio seguro aquí, hasta que hayamos purgado otra vez la amenaza demoníaca. —Señaló a la natonocturna junto a Victoire—. El capitán de patrulla Niandar te llevará a mi propia residencia. Es privada, tranquila y cercana.
—Gracias —susurró Mauvara, inclinando la cabeza para ocultar nuevas lágrimas.
Turalyon lo había supuesto bien. Aquel soldado era, en efecto, una figura importante. El capitán de patrulla tenía la postura y el cuerpo musculoso de un guerrero, pero hablaba con suavidad, y su rostro cicatrizado era afable.
—Yo tengo dos hijos —le dijo a Mauvara—. Me aseguraré de que siempre haya alguien disponible para atenderte y, si no lo hay, me ofreceré yo y los míos. No te faltará de nada.
—Con él estás en buenas manos —dijo Thalyssra—. Lo que desees, si está en mi poder concederlo, será tuyo. —Sus palabras eran sinceras y amables, pero sabía, como todos, que el único deseo de Mauvara era que nada de esto hubiera ocurrido.
—¿Hay algo más que debamos saber? —preguntó Thalyssra a Alleria cuando Mauvara y Niandar se hubieron marchado.
Arator le dio una descripción completa de lo descubierto, incluida la jaula sobre el pozo de almas y los resguardos rúnicos.
—No sabemos qué está en juego ahí. Podrían ser sellos de protección o de autodestrucción. Si entre tus ciudadanos hay un experto en Eredun, primera arcanista, sugeriría llamarlo. Si el motor está trampeado para explotar, podría afectar a la ciudad de Suramar.
—Pero hemos comprado algo de tiempo para investigar, aunque no mucho —añadió Alleria—. En los campamentos, los demonios tenían una fuente de “combustible” que ahora se les negará.
Almas, pensó Turalyon sin decirlo. Almas, no combustible.
—Una vez que no puedan cebarse en asentamientos pequeños y temporales cerca del bastión, tardarán más en explorar y cosechar lo que necesitan. Sus ataques podrían volverse más extensos o podrían apuntar a Suramar en sí. Yo reforzaría todos los puntos de entrada a la ciudad.
Thalyssra frunció el ceño.
—No sería la primera vez que la Legión apunta a Suramar, aunque al menos el poder del Fuente de la Noche se ha desvanecido y no puede usarse contra nosotros. Lo que más me inquieta es si esto es un incidente aislado o la avanzadilla de una incursión mayor.
—Con el rastro algo frío, hay una fuente con la que me gustaría contactar —dijo Arator—. Está en posición de saber mucho más que nosotros sobre actividad demoníaca actual. Y si no está al tanto de este incidente en particular, cosa posible, dado lo reciente acontecido, entonces agradecerá la información.
—¿Y quién es ese misterioso informante tuyo? —preguntó Turalyon.
—Kayn Furia del Sol.
—Suena a nombre de elfo de sangre —dijo Turalyon—. ¿Lo conoces, Lor’themar?
El señor regente vaciló un momento.
—Sí —respondió Lor’themar, aunque su tono revelaba reservas hacia el otro elfo de sangre—. Y Thalyssra también.
— Furia del Sol tiene una personalidad fuerte —dijo Thalyssra—, pero ayudó mucho a los natonocturnos en nuestro conflicto anterior en torno al Bastión Alma Vil. Un combatiente que sabe más que nosotros de la actividad demoníaca actual… y a quien Lor’themar mira con cautela. Seguramente su hijo no querría decir…
—Arator —dijo Turalyon lentamente—, ese amigo tuyo… ¿es Illidari?
—En realidad, es uno de los líderes de su orden, y estoy seguro de que estará encantado de ayudarnos —dijo Arator.
Turalyon miró a Alleria. Como tantas veces, Alleria supo lo que estaba pensando.
Alleria estuvo con él cuando Illidan Tempestira, líder de los Illidari, mató a la naarú primigenio Xe’ra. Ella era uno de los naarú más antiguos que existían; había liderado la lucha contra la Legión Ardiente desde tiempos inmemoriales. Turalyon había servido bajo su guía durante siglos; fue Xe’ra quien lo elevó, quien lo hizo forjado por la Luz. Pero Xe’ra también estaba convencida de que Illidan estaba profetizado para derrotar a la Legión y, cuando él se negó a someterse a su “destino”, la naarú impuso su voluntad… e Illidan la destruyó.
El acto fue tan inesperado y su pérdida tan grande que, por un instante, Turalyon no sintió más que una ira justa, alimentada por la adrenalina. Intentó matar a Illidan en el acto, destrozado por el duelo por su mentora y creyendo que la arrogancia de Illidan condenaba su causa. Su ataque fracasó, e Illidan y los suyos resultaron clave en la derrota final de la Legión.
Con el tiempo, y mucha reflexión, Turalyon llegó a comprender que la Luz, siendo compasiva, también podía endurecerse hasta la implacabilidad. Incluso el Profeta Velen, amigo cercano y líder de los draenei, le confesó al paladín que Xe’ra le había ocultado deliberadamente cosas.
Aun así, Turalyon seguía acosado por la idea de que podría haber habido otra manera, y aunque entendía la reacción de Illidan, no podía perdonar al cazador de demonios. Turalyon no confiaba del todo en Illidan, ni en quienes él había moldeado para servirle.
Como Illidan, los Illidari prosperaban con la energía vil, empuñaban los poderes del demonio que habían derrotado y consumido, adoptando parte de sus rasgos en el proceso. Se convertían en aquello que más odiaban para destruirlo con mayor eficacia.
Y su hijo —su brillante, valiente y bondadoso hijo— decía contar como amigo a uno de sus líderes.
El silencio se tensó, y al fin Turalyon habló.
—¿Qué tan bien lo conoces?
—Muy bien —respondió Arator sin vacilar—. Nuestros caminos se cruzaron durante la invasión más reciente de la Legión. Luchó con valentía en la batalla por El Exodar, ayudando a abatir al alto general Rakeesh.
—Después de… lo que hizo Illidan, quise saber todo lo posible de sus seguidores. Ellos consumen a un demonio como parte de su transformación en uno —dijo Turalyon, con voz serena solo por pura fuerza de voluntad—. ¿Te dijo eso tu amigo?
—Lo sabía —dijo Arator.
—Ese demonio queda contenido dentro de ellos el resto de su vida. Siempre intenta escapar. ¿También sabías eso?
Arator miró a Alleria y luego de vuelta a su padre.
—Tenemos muchos Illidari valiosos como aliados en la Alianza. Y pensaría, padre, que esta familia, de entre todas, respetaría a quienes eligen aceptar la vigilancia constante sobre sí mismos a cambio del poder para combatir la misma oscuridad que contienen.
Una oleada de vergüenza recorrió a Turalyon, sofocando el fuego de ira que hervía en su interior. Alleria lo miró fija, inexpresiva, y él extendió una mano hacia ella. Suspiró hondo cuando ella la tomó.
—Respeto a esa gente —les dijo a ambos—. Pero no todos los que toman esa decisión tienen la fortaleza de tu madre.
—Kayn la tiene —dijo Arator.
—Puedes confiar en él, sobre todo si conoce bien a Arator —dijo Thalyssra—. Su amistad no es poca cosa.
—Permíteme recordarte que nuestra orden tiene protocolo respecto a que los caballeros se reúnan con los diversos líderes de Azeroth —advirtió Turalyon a su hijo—. Saltárselo una vez, como hiciste al pedirle a Thalyssra que te asignara esta misión, ya es forzar el límite. Hacerlo dos veces… digamos que no estarán contentos contigo.
—Tampoco lo estarán si hay una invasión de la Legión en marcha y no contactamos con alguien que yo sé que puede ayudar. Además, todavía tengo al regente de Ventormenta en mi grupo. Seguro que tú no pides permiso a la Mano de Plata para cada reunión diplomática que tienes, ¿verdad, padre?
Ahí lo tenía. Pero Turalyon sentía que había una lección que aprender, una que su hijo debía asimilar más temprano que tarde.
—Mira —dijo Arator, con un suspiro—, llevaré la cuenta de todas las veces que viole el protocolo y se la enviaré al Señor Tyrosus si esto no resulta en nada.
No había más que hacer. Arator tenía razón.
—Revisaré dos veces esa lista —gruñó Turalyon, intentando distender el ambiente.
Arator se relajó y esbozó una sonrisa cautelosa, sin saber si su padre bromeaba.
Turalyon lo hacía, pero apenas.
—Trato hecho —dijo Arator. Turalyon apretó la mano de su amada, quien correspondió al gesto mientras veía a Arator. Rezó para estar haciendo lo correcto.
—Muy bien, hijo —dijo Turalyon a Arator—, iremos a conocer a tu amigo.
• • •
—Cuando yo llevaba un nuevo amigo a casa para conocer a mi madre, usualmente era para una buena comida y conversación —comentó Alleria cuando el trío cruzó el portal.
—Bueno —dijo Arator—, ustedes ya tuvieron una buena comida… o la mayor parte, al menos, y les prometo que habrá conversación. Además, ustedes dos no tienen precisamente una casa donde sentarnos a cenar.
—Aunque técnicamente no es mi hogar, me sentiría mucho mejor cerca de mis aposentos en el Castillo de Ventormenta, con la guardia a mi espalda —murmuró Turalyon—. Y, además, no estoy seguro de llamar “hogar” a un navío de guerra de la Legión.
Turalyon y Alleria conocían demasiado bien las naves demoníacas, aunque los recuerdos que evocaban no eran de arcavino y venado asado. Eran de prisiones y cámaras de tortura, monumentos a la obsesión y al odio, y el hedor del sufrimiento. Al llegar al salón de los Illidari, el antiguo navío de la Legión llamado el Martillo Vil, Turalyon no pudo evitar tensarse por anticipación, y le habría gustado mucho tener su espada en la mano.
Figuras se acercaron a la entrada de la ciudadela: élficas, pero solo hasta cierto punto. Sus torsos estaban desnudos por completo o apenas…
[Hasta acá llega el fragmento de texto compartido por la editorial]





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